Seguir Cantando

Alguien me enseñó una vez, la importancia de construir en el presente los recuerdos del futuro. Mi intención en este texto se limita a sembrarles un recuerdo.

En abril van a cumplirse diez años haber tomado una decisión laboral que cambió positivamente mi vida: dejé un muy buen empleo con proyección a futuro en la industria farmacéutica y elegí empezar un camino incierto, conciente sólo de las cosas que no quería más para mi vida.

Desde entonces, y fiel a un estilo propio, descubrí haciendo aquellas cosas que me gustaban y gracias a Dios, hoy puedo vivir de ellas.
Y paradójicamente, hace también diez años, una tristeza profunda se instaló en mi entorno familiar. Tristeza que más allá del dolor, la bronca, impotencia y resignación con que tiño tantos días, me ayudó a vivenciar – incluso en mi propio cuerpo- el real significado de la palabra vulnerabilidad y la enorme posibilidad que ese estado implica.

De hecho, impulsada por ese sentimiento, a principios del 2010 cree la web de encontradores, la cual sin buscarlo fue convirtiéndose en un lugar creativo donde además de organizar y difundir mi trabajo, me permitió expresarme y procesar las pérdidas. Al respecto, en octubre de ese mismo año, en un texto sobre la importancia de sumar las emociones consideradas negativas escribí: “Creemos que "no perder" nos protege del dolor, pero son justamente las pérdidas, las que nos garantizan la posibilidad de sentirnos ganadores, al menos por un ratito. La Fe de los perdedores es el mejor regalo que puede darnos la vida. ¿Vaya a saber sino se tratará de eso la felicidad?”
Y si bien aún no me respondo esa pregunta, la fe de los perdedores impulsó una serie de charlas y un ebook en los cuales compartí mi mirada sobre la ley de atracción y lo perjudicial de creer en “las diez lecciones para ser feliz”, que sólo hacen feliz a los que facturan a costa de ellas.
“Un Secreto no tan secreto” – el título de ese material – tradujo mi práctica profesional a una metodología de trabajo con adultos a la cual bauticé “El camino del Yo creo”, aludiendo con una misma frase al creer y crear, dos pilares básicos del desarrollo personal.

Sin embargo, los grandes cambios se dieron recién en el 2011. Después de más de 20 años de militancia feminista y trabajo con mujeres, me permití escuchar a los varones, y revisar desde las masculinidades el costo que muchos de ellos pagan por los privilegios de género. Participar en talleres de diálogo entre varones y mujeres y conocer vivencias de varones intentando repensarse; me lleva a continuar luchando con igual fuerza por la equidad de género, pero desde un lugar menos prejuicioso y más constructivo.
Y también en el 2011 trabajé por primera vez con jóvenes a quienes estigmatizan llamándolos "la generación ni-ni" aludiendo con esto a que ni estudian ni trabajan. Chicos y chicas que me enseñaron desde su aparente apatía y desinterés,
la necesidad de trabajar sobre la frustración y su valor como motor de la motivación y el entusiasmo.
Por eso, como cierre del 2011, les compartí “Frustrada pero contenta”, un material que sinteriza ese aprendizaje y que mi intención entonces era convertirlo en una demo de un video juego a desarrollar.

Un proyecto que finalmente no pude concretar en el 2012,
un ·seguí participando” al que elijo llamar “todavía no”.

Y en tiempos del “todavía no”, pasó algo inesperado que me permitió mostrarme y mostrarle a otros, un aspecto mío diferente, promotor del recuerdo que quiero dejarles.

A fines de junio recibí una invitación para participar en una jornada llamada “la voz en juego” y me inscribí de inmediato, sin conocer del lugar más que su nombre “escuela a viva voz”.

Vale contarles que el simple hecho de conectarme con mi voz, es todo un desafío para mí. Quiza no todos sepan que mi voz nunca me gustó, quienes la conocen saben es de nariz, seseosa, por momentos tiende al agudo y al subir el volumen es tan chillona que me duele el oído al escucharme. Por eso, al inscribirme, pensé que era incomprensible que nunca hubiese hecho nada para mejorarla. O lo que es peor, había hecho mucho para ocultarla; por ejemplo me esforcé en hablar bajito e intenté compensarla reforzando mi comunicación no verbal.

Y si bien me cuesta muchísimo dejar que otros me guíen, en esta ocasión confié en Marcela - la profe - cuando me propuso aprender canto, un sueño infantil que ni siquiera dormida me animaba a formular.

Así comencé entonces, sin cuestionar ninguna de sus sugerencias, sabiendo que estaba ante un ser especial que combinaba muy bien su capacidad increíble de dar afecto, con un profesionalismo docente digno de destacar.
Y seguirla fue todo un desafío a exponerme, en principio porque la propuesta de entrenamieton era grupal; y el tema asignado fue “Como la Cigarra”, con una letra tan sentida que me obligó a aceptar que mi gran desafinación era el menor de los obstáculos.

Repetir una y mil veces “tantas veces me mataron, tantas veces me morí y sin embargo estoy aquí resucitando” me posibilitó asociar el desprecio a mi voz y la rigidez en mi mandíbula con tantas tristezas, broncas y dolores que jamás pude expresar y sepulté en mi garanta apretando los dientes, mordiendo mis labios y tragando saliva para no llorar.

Enfrentar cada miércoles la incomodidad y la vergüenza ante mis compañeras, que con total respeto me escucharon desafinar “a mi propio entierro fui sola y llorando”; me enseñó que no es trágico sentirse el más feo de los patitos feos pues hasta lo que creemos espantoso puede ser querible, en tanto compartamos el esfuerzo por intentar mejorarlo.

Y como la cigarra, seguí cantando...
Gracias a Marce, a su marido Elio y a las increíbles mujeres con quienes compartí el taller; pude vinvenciar a través del canto, una manera natural de convivir con mi histórico pánico a tener miedo. Milagrosamente, esta vez no fue necesario ocultarlo, evitarlo o compensarlo en un hacer continuo, que si bien me permitió grandes logros, conociendo su origen nunca valoré como propio.

No voy a mentirles, aún con mejoras impensables para mí,
aún no me gusta para nada mi voz y mucho menos mi canto.
Sin embargo, por primera vez pude dudar de la validez de mi autocrítica
y entusiasmarme con seguir cantando.

Cantando para decirme y decirles, apropiándome del texto de esa maravillosa canción: -“a la hora del naufragio y a la de la oscuridad, alguien te rescatará para ir cantando” -. Alguien, que también gracias a este proceso, puedo nombrar como Dios, cosa que antes me hubiese sido imposible hacer.

Recuérdenme cantando, como un modo de resistir cuando el dolor nos golpea. Como una actitud de agradecimiento a la vida.
Recuérdenme cantando, por el placer inmenso de cantar. A
ún sin tener claro por qué ni para qué hacerlo, sin esperar desde el ego los resultados y con la sola expectativa de compartir con otros el milagro de cantar.

Cantando para recibir un nuevo año, que de corazón les deseo y me deseo aprovechar para sembrar los mejores recuerdos en nosotros, en nuestros seres queridos y en este país que tanto nos necesita.

Seguir cantando, tal como propone María Elena Walsh: - Cantando al sol como la cigarra, después de un año bajo la tierra, Igual que sobreviviente … Que vuelve de la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

Ingrese su email si desea recibir nuestros Newsletters: