Acercándonos al miedo
No recuerdo la primera vez que tuve miedo, ni tampoco la última.
Me sería imposible enumerar todas las veces que conviví con él; sin embargo, podría describir hasta el más mínimo detalle de mis miedos recientes.
Como en los cuentos, podría empezar diciendo:
"Hubo una vez en que, cobardemente, hice cosas muy audaces poniéndome en riesgo. Y hubo otra en la que, con enorme valentía, asumí el alto costo de tenerle miedo al miedo."
Paradójicamente, cuando creí enfrentarlo no hice más que huir de él. Y cuando festejé haberlo vencido, me demostró que hacía años había ganado la partida.
El miedo siempre termina ganándonos cuando lo subestimamos, lo negamos, lo ridiculizamos, lo expulsamos de nuestra vida o creemos, ingenuamente, que simplemente haciendo cosas lograremos ahuyentarlo.

Nada resulta más engañoso que un hacer celebrado como heroico por los demás, si detrás de él nunca aprendimos a reconocernos atravesados por el miedo.
Por eso, lejos de proponer que nos alejemos del miedo, elijo invitarlos a convivir con él. A descubrir el aprendizaje que sólo reserva para los verdaderamente valientes: aquellos que se animan a escuchar lo que viene a contarles.
La culpa es de la palabra miedo.
Sinceramente no tengo idea sobre cómo, cuándo, dónde, por qué o para qué se instaló la campaña de desprestigio al miedo y si bien no es mi intención investigarlo aquí, señalaría algunas cuestiones claves en esto.
* Comenzaría preguntándole al diccionario de la Real Academia española, porqué omite su función adaptativa:
miedo. (Del lat. metus).
1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Si bien son ciertas ambas definiciones, nada nos dicen que esta perturbación o aprensión, puede también hacer que alguien salve su vida.
* Luego, apoyándome en el aspecto cuantitativo de las emociones, me pregunto por qué el poder del lenguaje1no cuestionó al lenguaje coloquial cuando sintetizó intensidades e incluso conceptos diferentes en la palabra "miedo":
Es así como frecuentemente decimos "miedo", en lugar de susto, temor, terror, pavor, pavura, pánico, espanto, horror, alarma, ansiedad, angustia o fobia.
Vale decir que, ciertamente, en algunos casos no resulta sencillo diferenciarlos; sin embargo, en otros tantos, no deja de "asustarme" el modo perverso en que se sustituye una palabra por otra.
* Finalmente le preguntaría al lenguaje del poder sino evalúa el daño que causa al imponernos frases marketineras - ideales para facturar vendiendo cursos de bienestar personal o libros de autoayuda- pero nefastas a la hora de contribuir al bienestar emocional.
Titulares del tipo "Basta de Miedos"; "Vivir sin miedo"; "Leyes para vivir sin miedo", "Criar sin miedo", "Vivir sin miedo", "Vencer el miedo", etc., etc.; hacen que quien no profundice el tema se instale en la creencia de que el miedo es algo nocivo que debemos erradicar de nuestra vida.
En relación con esto, es válido aclarar que muchas veces los textos o cursos mencionados, desarrollan muy bien el tema; pero lamentablemente pocos llegan a conocerlos en profundidad y toman como verdad revelada que el miedo es el enemigo por vencer.
A no asustarse del miedo.
Si bien hace tiempo se del aporte de integrar las mal llamadas emociones negativas -en todo entrenamiento socioemocional; recién a partir de mi proceso personal, estoy a la altura de profundizar ese concepto.
Y les aseguro no me resulta sencillo hacerlo. Mi mirada - a contramano de la demonización de algunas emociones llamadas "tóxicas" en un par bestsellers- requiere el esfuerzo de superar la creencia infantil que decodifica con la lógica todo/nada, puedo/no puedo, hago/no hago y emociones buenas o malas que limitan la posibilidad de una vida más libre.
Para quienes nunca leyeron nada sobre el universo emocional, comencemos aceptando que la función de toda emoción es la adaptación de nuestro organismo a lo que nos rodea; resulta imposible pretender eliminar una emoción.
Al analizar las emociones, simplemente hablamos de emociones POSITIVAS cuando nos producen bienestar, y de emociones NEGATIVAS cuando nos producen malestar; considerando que el problema no es la emoción sino su desajuste:
- Cualitativo: que analiza la adecuación de la emoción frente a la realidad. Resulta esperable que alguien esté triste frente a la pérdida real de un ser querido.)
- Cuantitativo: que considera la intensidad: la ira es menos intensa que la furia, y el enojo es aún menos intenso que la ira. Es sano enojarnos cuando alguien intenta dañarnos y eso nada tiene que ver con un ataque de ira "un día de furia".
El miedo tampoco escapa a esta lógica. Es un sentimiento natural de alarma entre los seres humanos que permite avisarnos de algún peligro, y en ese sentido su función es adaptativa, en tanto nos permite protegernos de personas, hechos o circunstancias amenazantes.
Nos acompaña desde el nacimiento. Funciona como una alerta positiva frente a una situación (real o imaginaria) que pueden ponernos en riesgo y nos posibilita encontrar las respuestas apropiadas frente a ellas para preservarnos y preservar la especie.
Jon Berastegi nos dice que, el miedo es la emoción que se activa cuando existe alguna amenaza o algún peligro hacia el propio bienestar. A raíz de esa activación, nuestro cuerpo experimenta un cambio fisiológico, que puede llegar incluso hasta la retirada de la sangre del rostro (lo que explica la palidez y la sensación de "quedarse frío") ya que la misma fluye hacia las piernas y los brazos preparando así a nuestro cuerpo para una posible huida o afrontamiento. Al mismo tiempo, el cuerpo parece paralizarse, aunque sólo sea un instante, para calibrar, tal vez, si el hecho de ocultarse pudiera ser la respuesta más adecuada.
En palabras de Andrés Canales, les diré que el miedo en sí, se define como una respuesta biológica, adaptativa del sistema nervioso y de tipo evolutiva, porque a lo largo de la evolución de los mamíferos, los miedos han tenido, fundamentalmente, la función de prevenirnos frente a sucesos que nos pueden dañar o herir.
Tanto en personas como en animales, el mecanismo que desata el miedo se encuentra en el cerebro; concretamente en el sistema límbico, el encargado de regular las emociones, la lucha, la huida y la evitación del dolor, y en general de todas las funciones de conservación del individuo y de la especie. De aquí que el aporte realizado en los últimos años por las neurociencias, nos permiten conocer como nunca antes la neurofisiología del miedo, clave al momento de intervenir en cualquier patología asociada con él: cuando la amígdala se activa se desencadena la sensación de miedo y ansiedad, y su respuesta puede ser la huida, la pelea o la rendición.
Recientemente se ha encontrado que la sensación de miedo está mediada por la actuación de la hormona vasopresina en la amígdala cerebral y que la del afecto lo está a la de la hormona oxitocina también en la amígdala.
La otra cara del miedo
Reconocer que el miedo cumple una función adaptativa no significa desconocer que, en determinadas circunstancias, puede volverse patológico, limitarnos e incluso dañarnos física o psíquicamente.
Como toda emoción, su salud depende de su adecuación a la realidad y de su intensidad. Cuando deja de cumplir su función de protección y comienza a gobernar nuestra vida, requiere ser comprendido, educado o, si fuera necesario, tratado terapéuticamente.
Sobre esa cara del miedo ya se ha escrito mucho, y me parece importante que así siga siendo.
Yo quisiera detenerme en la otra.
En aquella que conocí primero a través de mi propia historia y, más tarde, acompañando a muchas personas en sus recorridos de desarrollo personal.
Con el tiempo descubrí que el miedo no sólo puede protegernos. También puede ayudarnos a conocernos.
Puede enseñarnos a tolerar la frustración, revisar nuestras creencias, fortalecer nuestros vínculos y desarrollar habilidades que ninguna experiencia de comodidad logra despertar.
¿Es posible darle las gracias al miedo?
Cada vez que me hago esta pregunta recuerdo un viejo dicho popular: "El miedo no es zonzo".
Siempre me pareció que esa frase escondía una sabiduría que solemos pasar por alto.
Porque, si el miedo no fuera tan "zonzo", quizá valga la pena preguntarle qué vino a mostrarnos.
Muchas veces el miedo señala una fragilidad que preferimos ignorar. Nos obliga a alejarnos, a obedecer, a callar, a huir o a abandonar. Otras veces nos muestra heridas antiguas que siguen organizando nuestra manera de mirar el presente.
No por casualidad otro refrán dice que "el que se quemó con leche, ve una vaca y llora".
Sea real o imaginario, proporcionado o exagerado, el miedo siempre se apoya en alguna creencia previa.
Y son esas creencias las que vale la pena revisar.
Por eso, en lugar de intentar matar al mensajero, prefiero escucharlo.
Dime tus creencias y te diré cómo probablemente mirarás el mundo."
Porque rara vez reaccionamos frente a los hechos.
Casi siempre reaccionamos frente al significado que les damos.Y el miedo suele ser un excelente traductor de esos significados.
No le recomendaría a nadie salir a buscar el miedo, del mismo modo que no le aconsejaría buscar deliberadamente el dolor o la frustración.
Mi propuesta es mucho más sencilla:hacer algo valioso cuando ellos nos encuentren.
Y, siendo sincera, todavía no conocí a nadie que haya logrado atravesar la vida sin encontrarse con alguno de ellos.
Lo que realmente nos daña no es sentir miedo.
Lo que nos daña es identificarnos con él, creer que somos ese miedo y dejar que ocupe toda nuestra manera de vivir.
El miedo, en sí mismo, no es el problema.
Puede convertirse, incluso, en una enorme fuente de aprendizaje.
Cada vez que somos capaces de observarlo sin confundirnos con él, empezamos a descubrir algo de nosotros mismos.
Por eso les propongo un ejercicio.
La próxima vez que el miedo aparezca, antes de intentar hacerlo desaparecer, deténganse a observarlo.
Pregúntense:
¿Qué ocurre en mi cuerpo?
¿Qué pensamientos aparecen?
¿Qué creo acerca de mí en ese momento?
¿Qué hago frente a ese miedo?
¿Qué intento proteger?
Responder estas preguntas puede enseñarnos mucho más sobre nosotros que el propio episodio que desencadenó el miedo.
Aprender a reconocer nuestras emociones es el primer paso para desarrollar habilidades socioemocionales.
Cada emoción moviliza una energía diferente y nos invita a desplegar capacidades distintas.
El miedo no es la excepción.
Si la alegría invita a celebrar, el enojo a defender lo valioso, la tristeza a elaborar las pérdidas y la sorpresa a descubrir lo nuevo, el miedo nos invita a mirar con mayor profundidad.
Nos obliga a detenernos.
A revisar. A cuestionar. Y, muchas veces, a crecer.
Mirando hacia atrás, creo que eso fue exactamente lo que hizo conmigo.
Durante años intenté escapar del miedo.
Recién cuando dejé de pelearme con él empezó a mostrarme mis propias limitaciones y, al mismo tiempo, la posibilidad de transformarlas.
Quizá por eso, quienes leen mis textos más recientes encuentren en ellos un compromiso emocional mayor.
No porque haya dejado de sentir miedo.
Sino porque, lentamente, empecé a perderle miedo al miedo.
Si hoy tenés miedo —o alguna vez lo tuviste— no te asustes de él. Conocelo. Preguntale qué vino a mostrarte. Tal vez descubras aspectos tuyos que no te resulten cómodos. Pero también descubrirás que integrarlos forma parte del desafío más importante de todos: llegar a ser, y animarte a mostrarte, tal cual sos.
