Conversaciones que incomodan
Involucrarnos en nuestro decir, es un acto de valentía; un desafío a expresar lo que pensamos y sentimos, rompiendo el muro del temor a ser rechazados.
En un mundo binario donde se impone seguir al rebaño, acordar en todo o disentir en todo; son dos caras de la misma moneda; lugares seguros donde los extremos se juntan para impedirnos cualquier palabra que interpele lo obvio, que como suelo decir siempre es lo más obviado.
¿Te preguntaste de tus conversaciones diarias, cuantas veces decís algo que interpele tanto al otro como a tus propias creencias? ¿Cuántas veces al preguntar, no intentas manipular esa respuesta no esperada? ¿Cuántas veces escuchas al otro, sin refugiarte en tus creencias? ¿Cuántas veces pensaste que la incomodidad de una conversación, podría ser una oportunidad de crecimiento?

La verdadera expresión de una disidencia no es imponer la propia visión, sino ofrecer una perspectiva distinta que enriquece la conversación. Al hacerlo, confrontamos lo establecido, cuestionando las verdades cómodas que suelen pasar desapercibidas. Esta es la esencia de las conversaciones incómodas: generan fricción, sacuden las certezas, pero también abren un espacio nuevo donde la creatividad y la construcción común aparecen en escena.
El desafío es, por lo tanto, no solo decir lo que pensamos, sino hacerlo de una manera que invite a otros también a hacerlo en un clima de respeto, a co-crear, a construir algo nuevo en conjunto. Cuando expresamos nuestras diferencias sin miedo, también estamos abriendo la puerta a acuerdos que no nacen del conformismo, sino del entendimiento genuino. La disidencia, entonces, no es sinónimo de ruptura; sino por el contrario es la posibilidad del encuentro, una nueva etapa.
Esto significa que, al expresar una idea, debemos estar dispuestos a ceder, a escuchar y, sobre todo, a entender que el acuerdo no siempre debe ser el destino final. A veces, no hay puntos comunes en el aquí y ahora y es bueno convivir con las diferencias lo que permite ser adultos con todas las letras. El poder de estas conversaciones incómodas reside en su capacidad de abrirnos a lo incierto, a lo que no se controla. No hay respuestas claras ni rutas predeterminadas, pero sí hay un compromiso con el diálogo que se va construyendo paso a paso.
Implicarnos en lo que decimos, sin buscar la aprobación inmediata, nos permite salir de nuestro propio mundo y transformar el mundo real, jugándonos por aquello que creo.
Este es el poder transformador de las palabras que, aunque incomoden, tienen la capacidad de construir un mundo mejor.
