Esclavos del ego

El ego nunca habla de nosotros.
Son los otros los que hablan a través de él.
Durante mucho tiempo pensé que conocerme consistía en conocer mi ego. 
Después descubrí algo mucho más incómodo.
Muchas de las cosas que yo llamaba "mi personalidad", "mi manera de ser" o incluso "mi identidad", no eran tan mías como imaginaba.

Eran voces. Expectativas. Mandatos. Aplausos. Miedos.
Miradas ajenas que, con el paso de los años, habían terminado pareciéndose demasiado a mí



Construyendo una idea de ego

Hablar del ego nunca resulta sencillo. Cuanto más intentamos definirlo, más parece escaparse. Tal vez porque solemos confundirlo con nuestra personalidad, con la autoestima o incluso con nuestra identidad.

Para mí, el ego es otra cosa.

Es la imagen que construimos de nosotros mismos. Una imagen que, aunque sentimos profundamente propia, comenzó a formarse mucho antes de que pudiéramos elegirla.

Desde que nacemos recibimos miradas, palabras, expectativas y juicios. Aprendemos quiénes "deberíamos" ser antes de descubrir quiénes somos. Poco a poco vamos incorporando deseos ajenos, ideales, mandatos, frustraciones y reconocimientos hasta convertirlos en parte de nuestra identidad.

Por eso creo que el ego es, ante todo, un reflejo.
Un reflejo de las expectativas de los demás.
Si crecimos sintiéndonos queridos y valorados, ese reflejo nos devolverá una determinada imagen. i, por el contrario, predominó el rechazo, la crítica o la descalificación, construirá otra muy distinta.
Las historias cambian. El mecanismo es el mismo.


Ego y autoestima

Con frecuencia se asocia el ego con un exceso de autoestima.
Yo creo exactamente lo contrario.
Cuando una persona necesita demostrar permanentemente cuánto vale, imponerse sobre los demás o sostener una imagen de perfección, no está mostrando una autoestima sólida. Más bien está intentando proteger una profunda inseguridad.

La autoestima nos permite aceptarnos. El ego necesita demostrarse.
La autoestima nos da libertad. El ego necesita reconocimiento.
Por eso muchas veces confundimos seguridad con omnipotencia. La omnipotencia promete que podemos con todo, que nunca debemos equivocarnos, que siempre tenemos que ganar o tener razón. Pero, como toda ilusión, termina derrumbándose frente a la realidad.

Entonces aparece su otra cara: la impotencia.
Muchas personas viven oscilando entre ambas. Hay días en los que se sienten invencibles y otros en los que creen no valer nada. En realidad, ambos extremos pertenecen al mismo juego.

¿Se puede controlar el ego?

Durante mucho tiempo pensé que el desafío consistía en conocer el ego para aprender a controlarlo.
Hoy ya no estoy tan segura.
Quizá el problema no sea administrarlo mejor, sino dejar de identificarnos con él.  Porque mientras creemos que somos esa imagen, inevitablemente terminamos defendiéndola. Y cada vez que alguien la cuestiona, reaccionamos como si estuvieran atacándonos a nosotros.

Sin embargo, cuando empezamos a observar el ego como una construcción, aparece un pequeño espacio de libertad.
Dejamos de preguntarnos cómo proteger esa imagen para empezar a preguntarnos desde dónde actuamos.

El ego no está en lo que hacemos.
Está en el motivo con el que lo hacemos.
Dos personas pueden realizar exactamente la misma tarea. Una puede hacerlo por el simple placer de aprender, crear o contribuir. La otra puede buscar reconocimiento, aprobación o sentirse superior. Desde afuera ambas actividades son idénticas. La diferencia está en aquello que las impulsa.
Y ese impulso casi siempre permanece oculto.


Vivir sin tantas imágenes

Tal vez la verdadera libertad no consista en construir una mejor versión de nosotros mismos, sino en necesitar cada vez menos versiones.
Menos personajes. Menos máscaras. Menos esfuerzo por sostener aquello que queremos que los demás crean sobre nosotros.
No significa dejar de crecer ni renunciar a mejorar.
Significa dejar de vivir pendientes de una imagen.
Cuando eso ocurre, nuestras acciones dejan de responder al deseo de parecer y empiezan a responder al deseo de ser.
Creo que ahí comienza una forma distinta de libertad.
No porque desaparezca el ego —probablemente siempre intente volver—, sino porque deja de dirigir nuestra vida.
Al fin y al cabo, el ego se alimenta de comparaciones, reconocimientos y apariencias.

La libertad, en cambio, empieza cuando dejamos de necesitar todo eso
 para saber quiénes somos.
Y quizá esa sea la batalla más difícil.
No la de vencer al ego.
Sino la de dejar de obedecerlo.
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