La construcción de una identidad virtual

El fenómeno de la comunicación y el uso de la tecnología -un tema recurrente en mis reflexiones, me fascina y confronta  a la vez; un sentimiento ambiguo, que como observadora y protagonista, me genera preguntas tan absurdas, que ni siquiera puedo formular.

Por eso, renunciando a toda originalidad, voy a apropiarme de una de las preguntas filosóficas tradicionales, infaltables en momentos de crisis:

La famosa pregunta por el ser, que angustiados respondemos con falsas identidades, aun sabiendo el costo que pagamos al hacerlo.

Y qué mejor para un mentir cotidiano, que despertar chequeando correos intrascendentes, whatsappear sobre la nada misma camino al trabajo, colgar las fotos del café y las galletitas del desayuno en Facebook cuando el jefe no nos mira, dejar plasmado en Instagram como duerme el perro cuando volvemos a casa, o twitear lo que estamos viendo en televisión.

Un día agitado sin dudas, un día inolvidable según los me gusta, retwits, o comentarios que tenga.

  • Un día donde lo íntimo se hizo público, y lo público es la pobre intimidad que tenemos.
  • Un día donde millones de contactos nos enfrentan a la peor cara de la soledad.
  • Un día donde el exhibicionismo on-line, aunque asfixiante, resultó ser un parche perfecto para ocultar la angustia.
  • Un día donde somos lo posteado, donde "ver y mostrar" son la única verdad.

Identidad, una palabra dual.

La pregunta sobre el ser, directamente nos plantea el tema de la identidad, un tema que ya desde el origen de la palabra da cuenta de una dualidad, la cual se refleja en las tres primeras acepciones de la definición ofrecida por la Real Academia Española:

* Por un lado; refiere a características que poseen las personas que nos hacen percibir que son lo mismo (sin diferencias) entre las personas.

    1. f. Cualidad de idéntico. (Dicho de una cosa: Que es lo mismo que otra con que se compara)

*     Por otro; refiere a características que nos hacen percibir que una persona es única (diferentes de los demás).

    2. f. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.

    3. f. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.

La palabra identidad2 viene del latín identĭtas, -ātis y este de ídem (lo mismo);
se utiliza para dar cuenta de que una persona es única, irrepetible, diferente al resto.

Lo más interesante de esta dualidad, es que no se reduce a la palabra; la identidad se va forjando también en un proceso dual, dinámico, que a lo largo de toda la vida, puede (y debe) ir modificándose.

La dualidad de este proceso se refleja en dos movimientos:

*      un movimiento hacia la separación, diferenciación (es decir, hacia la independencia y la individuación).
*      un movimiento hacia la integración /pertenencia
(desde el nacimiento necesitamos de los otros: familia, escuela, sociedad, grupo de pares, etc.)


Si bien voy a situar en el nacimiento en proceso de construcción de la identidad, coincido con quienes lo sitúan a partir del deseo de nuestros padres en un contexto personal, vincular, sociopolítico determinado.

La Pertenencia a una familia y la integración del legado de los mitos familiares es la primera semilla para comenzar un proceso identificatorio, necesario para comenzar a forjar la identidad.

El mito familiar, es un punto clave para quienes quieran reconstruir su identidad. Es ese tesoro oculto en toda familiar, que se trasmite generación tras generación y contiene las creencias3 sobre quienes creemos y nuestras posibilidades que nos condicionarán de por vida cuando no logramos cuestionarlas y recrearlas.Luego vendrá la vida social; la escuela, los vecinos, el barrio, la ciudad, el país, los medios de comunicación; siendo la niñez y la adolescencia, dos momentos claves en la misma:

  • La niñez caracterizada por el movimiento de integración a la cultura.
  • La adolescencia caracterizada por la diferenciación y la rebeldía al orden establecido.

La construcción de la identidad podemos pensarla como un viaje, que de ninguna manera hacemos solos y sobre el cual construimos un relato personal, producto de las vivencias y los sentimientos que enfrentamos frente a la mencionada dualidad:

  • La necesidad de ser aceptados, asemejándonos a los otros.
  • La necesidad de ser diferentes, únicos e irrepetibles.

Cuando una pregunta nos angustia.

Si me pidieran angustiar a alguien con una única pregunta, sin lugar a dudas, elegiría preguntarle -¿Quién sos?

Indudablemente, una pregunta que apunta directamente al ser, nos angustia; pues nos confronta a aquello que no podemos reducir a palabras.

La toma de conciencia de la vulnerabilidad que supone nuestra identidad es un desafío que no todos ni todo el tiempo podemos asumir.

Entonces, apelamos a decir cómo nos llamamos, lo que hacemos, lo que tenemos o a nuestro rol social:

Soy Sofía- mujer- médica- poeta- madre- la propietaria del noveno- una ciudadana-

Incluso, en momentos donde la identidad es cuestionada, es común recurrir a falsas identidades, donde somos nosotros mismos los primeros engañados; si bien al inicio construimos un personaje para lograr la aceptación del otro, en muchas ocasiones ese mismo personaje esclavizó nuestra identidad real; a un punto tal que como una cebolla nunca se acaban las capas de falsas identidades para rastrear quienes somos.

Vos lo contas, vos lo crees; decía un amigo que conocía muy bien ese proceso por el cual la falsa identidad finalmente se convierte en nuestra mejor verdad.

La construcción de falsas identidades es más común de lo que admitamos aceptar.
Diría es la regla, no la excepción; pues no me refiero con esto al engaño deliberado, sino simplemente a un mecanismo defensivo al que todos recurrimos cuando nos angustiamos por no pertenecer.

Caer en la falsa identidad es muy fácil; basta asumir como propios planes, sueños, deseos, miedos, broncas, ideas, creencias ajenas, eludir el compromiso personal y como el camaleón, cambiar de colores según la ocasión. Sin embargo, no es sin costo...

Pertenecer puedo ser muy bueno, en tanto no nos obliga a poner en contradicción actos, pensamientos y emociones; pues cuando esto pasa baja, perdemos el interés en las cosas, en los otros, la pasión por la vida y la estima hacia nosotros mismos.

Las trampas de una falsa identidad.

Por momentos siento que la mentira es lo más verdadero en las redes sociales. Un sentimiento que no difiere demasiado cuando pienso la sociedad actual. Lamentablemente en un mundo de apariencias y frivolidades; la mentira se transforma en una defensa efectiva para evadir la realidad; aunque poco se habla del costo que pagamos con ella.

Si en el mundo real es muy fácil asumir una falsa identidad; la virtualidad no pone limite a esa posibilidad: desde elegir sexo, edad, profesión, nacionalidad, estado civil; hasta crearnos una personalidad y un estilo de vida a medida.

Como por arte de magia, ocultarse tras un usuario, ofrece confianza, seguridad, nos hace inmunes al mal. Nos da valor para hacer cualquier cosa; aun aquellas que ni siquiera nos hubiésemos animado a fantasear.

En lo personal, creo que lo más interesante de este fenómeno no es justamente el anonimato; sino la libertad en el mostrar; pues aún aquellos que se relacionan con una identidad real, no experimentan la censura de la "la mirada del otro", o simplemente responden a "una mirada virtual".

Sea para bien o para mal, asumir una identidad virtual (aun con información real) promueve siempre vínculos virtuales: contactos conocidos o desconocidos, reales o imaginarios con quienes interactuamos y cuyas identidades se asemejan a la nuestra.

Es en lo que vemos del otro donde la angustia reaparece.
Conociendo de antemano el truco, nunca habrá magia en el otro, un otro sin identidad real.


Sino conociese de cerca el padecer de esta falsedad de vínculos, celebraría el cuento del cazador cazado o el burlador burlado; pues en definitiva la mentira del otro es un muy buen espejo que refleja nuestra falsa identidad.

Cuando confundimos personas con contactos y comunicación con conectividad; creamos la ilusión de superar la soledad l y paradójicamente nos quedamos más solos que nunca, perdiendo la posibilidad de un vínculo real, que aun considerándolo insignificante, nos permitirá conocernos y aceptarnos tal cual somos.

En este punto, muchos hablan de adicciones a las redes sociales, a la tecnología o a la hiper conectividad; punto en el cual coincido pues si de algo nos habla esta confusión es de una necesidad de tapar la angustia y de un mecanismo enfermo por el cual lejos de hacerlo nos esclavizamos a ella.4

Es cierto que los vínculos reales no son sencillos y el miedo al otro es difícil de superar. También es cierto que el individualismo se presenta como una alternativa tentadora en las relaciones humanas, aunque la falta de entrega al otro sea un infierno en vida de quien lo quiere practicar.

Por mi parte, sigo creyendo que el amor
y el encuentro con el otro real - en todas sus manifestaciones-
es un muy buen antídoto contra el miedo
y pobre de aquel que desprecie ese encuentro
que jamás podrá manifestarse de manera virtual.
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