Tecnología nueva, soledad eterna.

No tengo una posición cerrada al respecto. Coincido con quienes piensan la web como un amplificador: lo bueno lo vuelve muy bueno y lo malo, aún peor.

La tecnología no crea el problema, pero lo expande

Y dijo Jehová Dios: No es bueno
que el hombre esté sólo;
le haré ayuda idónea para él
"Génesis 2:18

La era de la melancolía

Daniel Goleman define nuestro tiempo como la era de la melancolía. Según su mirada, las personas hoy sufren más depresión que las generaciones anteriores, aun cuando vivimos rodeados de avances tecnológicos que, en teoría, deberían facilitarnos la vida. O tal vez —y aquí la pregunta— justamente a causa de ellos.  

La web ofrece enormes oportunidades tanto para quienes buscan relacionarse como para quienes eligen aislarse. Son, ante todo, oportunidades de conexión. Sin embargo, como advierte Sergio Sinay en Conectados al vacío, "cada vez más confundimos conexión con comunicación".

La conexión es un fenómeno tecnológico; la comunicación, un hecho profundamente humano que requiere compromiso. En el mundo virtual se pueden acumular miles de contactos, seguidores o fans, pero no amigos. La amistad se construye —todavía— en el mundo real.

La soledad siempre existió.
Lo nuevo es que hoy se exhibe en medio de una red de vínculos: las llamadas comunidades virtuales.
Parafraseando a Fito Páez y Joaquín Sabina, podríamos decir que estar online es estar solo mil veces, una forma de soledad conectada, o quizás un intento moderno de esquivar un dolor inevitable.


Radiografía de la soledad

La Real Academia Española define la soledad como la "carencia voluntaria o involuntaria de compañía". Sin embargo, contar con otros no garantiza sentirse acompañado.
La soledad no depende de la cantidad de personas alrededor, sino de la calidad de los vínculos.

Es una experiencia emocional asociada a la percepción de ausencia: alguien falta. Por eso puede sentirse incluso estando rodeados de afecto. No se trata de aislamiento social, sino de un vacío subjetivo, íntimo, difícil de nombrar.

Existen tantas soledades como instantes en la vida de cada persona.

Puede aparecer tras una pérdida, una separación, una despedida; puede ser transitoria o volverse persistente. Como sentimiento, adopta distintas formas:



Soledad permanente
, ligada a rasgos de personalidad y a las primeras experiencias de apego.


Soledad situacional

, propia de quienes pueden construir intimidad, pero atraviesan circunstancias que los dejan momentáneamente sin ella.



En los procesos de duelo, la soledad cumple una función necesaria: permite restablecer el equilibrio tras la pérdida. El problema surge cuando no aparece ningún sustituto afectivo y el tiempo se prolonga. Allí, la soledad puede volverse patológica y requerir acompañamiento psicológico.

También puede manifestarse sin un hecho concreto, como antesala de estados depresivos. Es, quizás, a esa soledad difusa y persistente a la que más tememos.

Cómo se construye el sentimiento de soledad

El apego es esencial para el desarrollo humano. Un niño que no logra construir un vínculo seguro con una figura adulta protectora tendrá mayores dificultades para confiar en sí mismo y en los otros.

Las experiencias tempranas de apego moldean la manera en que, en la adultez, nos vinculamos con los demás y con nosotros mismos.
Quienes tuvieron vínculos seguros suelen poder estar con otros y también estar solos sin angustia.
Quienes vivieron apegos inestables o ambivalentes, muchas veces buscan incansablemente reparar esa primera experiencia fallida.
Y quienes se muestran excesivamente autosuficientes suelen haber atravesado experiencias evitativas, donde sus necesidades emocionales no fueron atendidas.

La soledad social

Es frecuente encontrar personas que apenas se vinculan con su entorno cercano. Construyen muros que justifican con frases como "no me entienden".
Aunque a veces esta soledad es elegida, cuando se rigidiza se vuelve peligrosa: el ser humano es social por naturaleza y los vínculos son un pilar irremplazable del bienestar.

La soledad no deseada suele esconder miedo al rechazo, inseguridad o temor a no ser querido. Superarla es un desafío profundo que implica mirarse, conocerse y animarse al encuentro.

La soledad online

Vicente Verdú advertía ya en 2007 que crece la conexión, pero no los compromisos profundos. La relación virtual replica un saber fragmentario y superficial. Navegamos vínculos sin llegar al fondo del otro, reemplazando la profundidad por el deslizamiento constante.

La web permite incluso multiplicar identidades, ocultarse tras nicks y máscaras, evitando el riesgo del encuentro real. La pregunta sigue vigente:
¿la tecnología nos ayuda o nos esclaviza?

La Web 2.0 amplió las posibilidades de comunicación, pero también dio lugar a formas silenciosas y autistas de intercambio: hablar sin exponerse, escribir sin comprometerse, vincularse sin presencia.

Así, mientras los hipervínculos multiplican las conexiones, nada garantiza que mejoren los vínculos humanos. El miedo también encontró en la virtualidad un refugio eficaz para asegurar la no relación con el otro.

Una oportunidad abierta

Sin embargo, sería injusto ignorar la otra cara: la web también puede ser compañía, acceso al conocimiento, una tabla de salvación para quienes no tienen otra red posible.


Tal vez, para algunos, las tecnologías
sean la única manera de no caer en el vacío
y sostener la esperanza de un mañana.
Y quién sabe —como cantaba Serrat— si mañana no será un gran día.