Tiempo de Restaurar
Toda restauración empieza ahí donde nada está en pie: en medio del caos, de la destrucción, de lo fragmentado. Cuando todo parece perdido, aunque no lo vemos, se juega una tensión inevitable: volver al pasado y aferrarse al odio o la venganza, o dar un paso adelante y creer que otro futuro es posible.
Comenzamos finalmente este 2026.
El 2025 fue un año intenso, y un buen descanso puede ayudarnos a mirar con perspectiva. No sé bien por qué, pero siento que se viene un tiempo de restauración.
Toda restauración empieza ahí donde nada está en pie: en medio del caos, de la destrucción, de lo fragmentado. Cuando todo parece perdido, aunque no lo vemos, se juega una tensión inevitable: volver al pasado y aferrarse al odio o la venganza, o dar un paso adelante y creer que otro futuro es posible.
En esa tensión, entre lo viejo y lo nuevo, siempre nace una posibilidad: resistir.
Juan Gelman decía: "Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse: a resistir, aunque es seguro que habrá más penas y olvido".
A mí me encanta pensar la resistencia como un proceso de duelo. No como resignación, sino como ese tránsito que abre espacio a lo nuevo, que nos invita a conocernos y a descubrir nuestro potencial. Un duelo puede ser una oportunidad de aprendizaje; la resistencia lo es si la asociamos a un propósito. De lo contrario, como los duelos no resueltos, queda atrapada en la frustración. La resistencia necesita esperanza, y la esperanza no existe sin propósito.
Es cierto que cuando la oscuridad amenaza, el desánimo protagoniza la escena; no sabemos dónde ir y corremos el riesgo de estar aún peor. Son los momentos que me gusta llamar "Todavía no": momentos para sanar, poner la casa en orden y prepararse para ver. Porque basta una pequeña luz para recordar que aún quedan cosas valiosas en pie, y otras tantas que, aunque averiadas, siguen sosteniéndose. ¿Somos conscientes de que un tiempo de restauración es posible justamente porque no todo se cayó? Cuando las estructuras se quiebran, aparece la oportunidad de recomponer con más verdad, más calidad y más sentido.
Cada año, cierra con la navidad, un esperanza de nuevo nacimiento. Más allá diferencias religiosas, millones en el mundo nos reunimos a celebrar ese día. Cada navidad es una lucecita que irrumpe en cada mundo; una luz que no es del mundo, pero que impacta con fuerza en él.
Hace más de dos mil años, Jesús propuso esa forma de resistencia.
En el evangelio de Juan (17, 15-16), oró al Padre por sus discípulos diciendo: "No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del mal". Jesús pidió que ellos resistieran. Conviene recordar que la palabra traducida como mundo es kósmos: un orden inteligible que estructura la realidad y nos permite comprenderla como un sistema. Sistema nos suena más, ¿no?
Estamos en el mundo —y ya entendemos que no se trata de la Tierra, sino de un sistema de poder—. En cualquier sistema no hay lugar para la indiferencia: evitar el compromiso es, aun sin quererlo, avalar al poder dominante. Jesús lo advirtió con claridad en Mateo 12,30: "El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama".
Estamos condenados a elegir: recoger o desparramar.
Si elegís recoger lo bueno que queda, entonces confiá. Si Jesús, con doce discípulos de reputación dudosa, inició una transformación que atravesó siglos, el aprendizaje es claro: no se trata de cantidad, sino de calidad.
Un conocido refrán dice, "año nuevo , vida nueva"
Y cuando lo nuevo aparece, quién nos dice, quizá seamos muchos más que dos los que seguimos apostando a reconstruir.
