Todavía no

Frustración y motivación son dos caras de una misma moneda. La motivación nace del deseo, y es imposible no frustrarse al ponerlo en juego.

Desde hace tiempo,  propongo cuestionar la creencia instalada sobre el efecto negativo de la frustración y, por el contrario, considerar el aprendizaje que ella posibilita a partir del entrenamiento de su tolerancia.

Y si bien, desde lo racional, esta idea suele ser aceptada, con frecuencia encuentro una fuerte resistencia a conectarse con el sentimiento de dolor que la simple mención del tema despierta.

  • Sea por el mal uso de la palabra frustración —o por su mala prensa—.
  • Sea por experiencias negativas, propias o ajenas, que llevan a muchas personas a asociarla al destino de los perdedores o a la vivencia del fracaso.

Es entonces cuando suelo destacar las consecuencias de ese rechazo, a partir de una afirmación central:

Frustración y motivación son dos caras de una misma moneda. La motivación nace del deseo, y es imposible no frustrarse al ponerlo en juego. 

Si apostamos a seguir participando, debemos iniciar un camino sensible:
abandonar explicaciones puramente racionales y animarnos a enfrentar el temor que provoca acercarse al dolor.



Conociendo la frustración

Cuando hago referencia a una palabra, suelo presentarla rastreando su definición en el diccionario de la Real Academia Española y en algunas de las definiciones más reconocidas.

Frustrar (del lat. frustrare):

  1. Privar a alguien de lo que esperaba.
  2. Dejar sin efecto o malograr un intento.
  3. Dejar sin efecto un propósito contra la intención de quien procura realizarlo.

Dollard, Doob, Miller, Mowrer y Sears, citados en Lahey (1999), sostienen que la frustración puede definirse como el bloqueo de algún comportamiento dirigido a alcanzar una meta. Por lo tanto, todas aquellas situaciones en nuestra vida en las que se vea obstaculizado algún comportamiento, una meta o una necesidad no satisfecha, o en las que nos sintamos limitados o impedidos, constituirán factores que, en mayor o menor medida, nos llevarán a experimentar frustración.

Otra definición sostiene que, para que exista frustración, debe haber una motivación o necesidad no satisfecha. De acuerdo con la importancia del motivo, será la intensidad de la frustración (Castro, 2002).

Por lo general, se piensa en la frustración como un sentimiento desagradable, producto de expectativas no satisfechas al no conseguir lo pretendido. En esta línea, la frustración suele asociarse al dolor por una pérdida, y es allí donde —aun sin saberlo— operan creencias negativas sobre la tristeza y los duelos.

Es imposible no toparse cara a cara con el dolor. Aunque parezca una obviedad escribirlo, sólo lo es desde la óptica de la razón. Emocionalmente, en muchas ocasiones, queremos negarlo a toda costa.

¿Quién de nosotros, contra toda lógica, alguna vez no actuó como si el dolor no existiese, no fuese importante o simplemente no lo afectara?

Sin embargo, la negación del dolor no proviene de la frustración que conlleva, sino de nuestra actitud frente a la pérdida. ¿O acaso no prevalece, muchas veces, la idea de que no hay por qué aceptar las pérdidas? Incluso aquellas propias del vivir, como la vejez, la enfermedad, la imposibilidad, el abandono o la soledad.

Hasta la misma muerte se parece, cada vez más, a una arruga que alguien intentará borrar con una cirugía barata, como si pudiera desaparecer por arte de magia.

Superar la frustración implica ser capaces de enfrentar los problemas y las limitaciones, a pesar de las molestias o incomodidades que nos causen y más allá de lo que hubiésemos deseado que sucediera.
Ni más ni menos que saber perder.
Algo que bien conocen los ganadores.


Creemos que no perder nos protege del dolor, cuando, justamente, es la pérdida la que nos garantiza la posibilidad de sentirnos ganadores, aunque sea por un instante.

La fe de los perdedores puede ser, en definitiva, uno de los grandes regalos que nos ofrece la vida.
¿Vaya a saber si no será algo así como la felicidad?

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