
PERDERSE en el encuentro
Una forma singular de comenzar
PERDERSE es la PRIMERA ESTACIÓN en este viaje.
Si aún no lo hiciste, conocé
el Camino del ENCUENTRO
Perderse no es fracaso, sino apertura a un nuevo comienzo
Perderse suele asociarse con un error, como desvío, como incapacidad para sostener un rumbo. Sin embargo, en el camino de los encontradores, perderse es un gesto profundamente humano y, sobre todo, profundamente valiente. Es el instante en el que se cae la ilusión de control y se abre la posibilidad de lo verdadero. Cuando lo conocido deja de sostener, insistir en volver al pasado no es fidelidad, sino repetición. Es allí donde una tensión protagoniza la escena; aferrarse a lo que fue —muchas veces teñido de enojo, resentimiento o deseo de venganza— o animarse a creer que otro futuro, todavía invisible, puede existir.
Perderte no es señal de confusión; es reconocer honestamente
que lo que sabíamos ya no alcanza. Es dejar de defender identidades que
quedaron chicas, relatos que se rigidizaron, certezas que prometían seguridad,
pero terminaron asfixiando la vida. En ese gesto hay duelo:
se pierde una imagen de uno mismo, una expectativa, una narrativa que
organizaba el mundo. Pero también hay apertura. Porque sólo cuando se derrumba
lo conocido puede emerger lo verdadero.
El camino del encontrador comienza allí donde el "no sé" deja de ser una amenaza y se transforma en posibilidad. Siempre un "no sé" habilita el aprendizaje, despierta la curiosidad, destrona la soberbia del que cree tener respuestas. Quien se pierde, de una u otro manera, se vuelve disponible. Entonces puede escuchar, sentir y registrar señales que antes pasaban inadvertidas. Perderse es dejar de sostener lo que ya no sostiene y aceptar la intemperie como espacio fértil.
En este primer momento, no se trata de hacer grandes cambios
ni de tomar decisiones definitivas. Se trata de permitir que caigan las
defensas, de no correr a tapar el vacío con explicaciones rápidas o soluciones
prefabricadas. El perderse auténtico duele, incomoda, desarma. Pero también
limpia. Barre con automatismos, con mandatos heredados, con lealtades que ya no
dan, una decisión, una apuesta a abrirnos a lo incierto. No tiene mayor
justificación que esa, deseamos convivir con que falta: no hay lógica,
razón, metodología orden o cordura que puedan ayudarnos.
Hacer lugar, es ni más ni menos que aceptar la angustia.
Perderse es, en el fondo, un acto de fe: confiar en que la vida no se reduce a lo que ya conocemos; confiar en que aun sin mapas puede aparecer sentido; confiar en que no todo lo valioso se deja anticipar. El encontrador no busca garantías, busca presencia. Y desde esa presencia, aun en medio del desconcierto, empieza a gestarse un nuevo comienzo.
