Condenados a elegir

Cuando reflexionamos sobre la toma de decisiones, debemos detenernos en  el papel que desempeñan las emociones cuando debemos elegir. Durante mucho tiempo se creyó que sentir era un obstáculo para decidir correctamente.
Hoy sabemos exactamente lo contrario.

Pero comprender nuestras emociones no resuelve el problema.
Aun conociéndolas, elegir sigue siendo una de las tareas más difíciles de la vida.

Fernando Savater lo resume con una frase tan provocadora como verdadera: "Estamos condenados a elegir."
Y creo que también estamos condenados a ser libres.



La paradoja de la libertad

La libertad suele imaginarse como la posibilidad de hacer todo aquello que deseamos.
Sin embargo, la verdadera libertad nunca fue eso.

No elegimos dónde nacemos, quiénes son nuestros padres, qué enfermedades padecemos ni muchas de las circunstancias que atraviesan nuestra vida.
Lo que sí podemos elegir es cómo responder a aquello que nos sucede.

Esa diferencia cambia por completo el sentido de la libertad.
No somos omnipotentes.
Somos responsables.
Y justamente allí aparece la paradoja.

Pasamos buena parte de nuestra vida reclamando libertad mientras hacemos todo lo posible por escapar de ella.
Porque ser libres implica elegir.
Y elegir siempre tiene un costo.

El miedo a elegir

Vivimos en una época atravesada por la incertidumbre.

La angustia, la frustración, las adicciones y la necesidad permanente de evitar el dolor hablan, en el fondo, del mismo miedo.

El miedo a elegir.

Muchas personas creen que pueden evitar ese miedo dejando que otros decidan por ellas.
Pero la no elección también es una elección.
Cada día elegimos.

Elegimos levantarnos o seguir acostados.
Elegimos qué decir y qué callar.
Elegimos permanecer o irnos.
Elegimos amar.
Elegimos alejarnos.
Incluso cuando creemos que alguien decidió por nosotros, siempre existe un margen de respuesta que continúa siendo nuestro.

Por supuesto, no todas las decisiones tienen el mismo peso.
No es lo mismo elegir qué desayunar que renunciar a un trabajo, terminar una relación o cambiar el rumbo de una vida.

Pero todas comparten algo.
Toda elección supone renunciar a otra posibilidad.
Y toda renuncia trae consigo alguna pérdida.

El precio de la libertad

Quizá por eso muchas veces resulta más cómodo vivir bajo la ilusión de que otros deciden por nosotros.

Mientras alguien más ocupe ese lugar, también podrá cargar con la responsabilidad de las consecuencias.

Paulo Freire advertía que tanto el oprimido como el opresor temen a la libertad.

El primero porque implica asumirla.

El segundo porque supone perder el poder de imponer su voluntad.

Creo que ambos temores nacen del mismo lugar.

La libertad nos obliga a dejar de buscar culpables.
Nos enfrenta con nuestra propia responsabilidad.
En mis entrenamientos suelo repetir una idea sencilla:

Podemos hacer casi todo lo que queramos. Lo que no podemos es evitar las consecuencias de aquello que elegimos.

Allí comienza la verdadera madurez.

Elegir el propio deseo

Pero todavía queda una pregunta.
Si estamos condenados a elegir...
¿Qué vale la pena elegir?
La respuesta parece obvia.

Elegir aquello que deseamos.
Sin embargo, pocas cosas conocemos menos que nuestro propio deseo.
Con frecuencia vivimos intentando responder a las expectativas de otros.

Elegimos aquello que "deberíamos" querer.

Lo socialmente aceptado.
Lo exitoso.
Lo seguro.

Y confundimos ese mandato con nuestro verdadero deseo.

Elegir libremente exige antes un profundo trabajo de autoconocimiento.
También exige aceptar que no todo será posible.
La libertad no garantiza que podamos conseguir todo lo que soñamos.
Sólo nos ofrece la posibilidad de caminar hacia aquello que realmente vale la pena para nosotros.

Animarse a perder

Creo que existe una última paradoja.
No podemos ganar sin arriesgar.
No podemos elegir sin renunciar.
No podemos ser libres sin aceptar la posibilidad de perder.

Tal vez por eso la libertad produce tanto vértigo.
Porque nos deja sin excusas.
Nos convierte en protagonistas de nuestra historia.
Y aunque ese lugar asuste, también es el único desde el cual podemos construir una vida verdaderamente propia.

Después de todo, elegir no consiste en encontrar el camino perfecto.
Consiste en animarse a recorrerlo.
Y quizá la felicidad no sea otra cosa que eso:
la tranquila conciencia de haber elegido, con libertad y responsabilidad, la vida que decidimos vivir.
Share