Desconfiando de lo obvio

"Lo único que el artista no puede ver es lo obvio.
Lo único que el público puede ver es lo obvio."

Oscar Wilde


Hay una palabra que cada vez me incomoda más.

OBVIO.

La escucho a diario en conversaciones, debates y redes sociales. Se pronuncia con una seguridad que suele clausurar cualquier posibilidad de pensar.

Es obvio.

Y cada vez que la escucho me hago la misma pregunta:

¿OBVIO qué, OBVIO para quién?

Porque pocas cosas son menos obvias que aquello que creemos evidente.

Eduardo Galeano lo expresó maravillosamente cuando escribió que, desde el punto de vista del búho, el crepúsculo es la hora del desayuno, mientras que para el campesino la lluvia es una bendición y para el turista una desgracia.

La realidad nunca habla por sí sola.
Siempre la miramos desde algún lugar.




La trampa de la obviedad

El diccionario define obvio como aquello que está delante de los ojos o resulta muy claro.
Pero ver no es comprender.
Basta pensar en una ilusión óptica para descubrir que nuestros ojos pueden engañarnos.

Y basta recordar cualquier proceso de aprendizaje para entender que aquello que hoy parece sencillo alguna vez fue profundamente difícil.

La obviedad no pertenece a las cosas.
Pertenece al observador.

Por eso desconfío cuando alguien pretende convertir su interpretación en una verdad incuestionable.
Con demasiada frecuencia, el poder utiliza la palabra obvio para evitar precisamente aquello que más teme: las preguntas.

Lo que damos por sentado

Vivimos rodeados de ideas que repetimos sin detenernos a examinarlas.

"Siempre fue así."
"Todo el mundo lo sabe."
"Es sentido común."

Detrás de esas expresiones suelen esconderse prejuicios, mandatos y creencias que dejamos de cuestionar simplemente porque fueron repetidas demasiadas veces.

La historia está llena de obviedades que terminaron siendo falsas.
Y de verdades que durante siglos parecieron absurdas.
Quizá por eso el mayor enemigo del pensamiento no sea el error.
Sea la certeza.

El rey está desnudo

Siempre me conmovió el cuento de Andersen.

Todos veían al rey desnudo.
Sin embargo, nadie se animaba a decirlo.
No porque la verdad fuera difícil de descubrir.
Sino porque resultaba demasiado costoso nombrarla.

Hasta que un niño rompió el hechizo.
En ese instante cambió la realidad.
No porque el rey se hubiera desnudado.
Sino porque alguien dejó de obedecer la obviedad.

Desde entonces sospecho que muchas de nuestras certezas funcionan del mismo modo.
No ocultan la verdad.
Ocultan nuestro miedo a decirla.


El verdadero darse cuenta

La Terapia Gestáltica habla del darse cuenta.

No consiste en descubrir algo extraordinario.
Consiste en mirar con atención aquello que siempre estuvo delante de nosotros.

El cuerpo.
Las emociones.
Los pensamientos.
La realidad.

Todo aquello que solemos pasar por alto porque creemos conocerlo.
Paradójicamente, lo más difícil de descubrir suele ser aquello que vemos todos los días.

El valor de la duda

Cada vez creo menos en las respuestas definitivas.
Y cada vez confío más en las buenas preguntas.
Preguntarnos por qué algo nos parece obvio es un excelente ejercicio de libertad.

Nos obliga a revisar nuestras creencias.
A escuchar otras miradas.
A aceptar que nuestra interpretación nunca agota la realidad.

Tal vez por eso la verdad no aparezca cuando dejamos de dudar.
Sino cuando empezamos a desconfiar de nuestras propias certezas.

Después de todo, quizá crecer consista precisamente en eso.
Aprender a sospechar de lo obvio.

Muchas veces la verdad no está escondida.
Está delante de nuestros ojos.
Lo difícil no es verla.
Lo difícil es atrevernos a nombrarla.
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