Dos timbres

Todos los jueves, a media mañana, Ismael detenía su carro frente a la vieja casona de San Telmo.
Se asomaba apenas al ventanal del living. Sabía que ella lo estaba mirando. Esperaba. Entonces tocaba dos timbres cortos.
Siempre dos.
Cuando la puerta se abría, él ya estaba de pie, con las manos juntas, como si agradeciera antes de recibir.
—Buenos días, señora. ¿Tendrá hoy algo para mí?
Esther asentía, casi sin darse cuenta.
Siempre había algo.
Al principio fueron cajas. Después diarios, botellas, cosas que aparecían en el garaje. Con el tiempo, empezó a esperarlo.
No supo cuándo ocurrió.
Quizá el día en que lo vio trabajar en silencio, con una concentración que la dejó inmóvil. O cuando notó la delicadeza de sus manos. O la forma en que evitaba sostenerle la mirada.
Cada jueves repetía el mismo gesto: espiar desde el ventanal, acomodarse el pelo, abrir la puerta como si fuera la primera vez.
Había algo en ese hombre que la desarmaba.
Algo que no lograba nombrar.
Un día dejó, sobre una pila de cartones, varios libros.
No dijo nada.
Lo observó desde la puerta entreabierta.
Ismael los encontró enseguida. Se detuvo. Los tomó con cuidado. Abrió uno. Pasó las páginas lentamente.
Después otro.
Cuando llegó a Corazón, se quedó quieto.
Leyó en voz baja.
En un momento dejó de leer.
Se llevó la mano a la cara.
Esther retrocedió. No quiso que la viera.
La semana siguiente eligió otro libro.
Y después otro.
Él nunca preguntó.
Pero siempre los encontraba.
Una mañana, mientras trabajaba, dijo:
—A veces podemos pasarnos años sin vivir… y de pronto todo ocurre en un instante.
Esther sintió que algo se abría.
—¿La conoce?
Ismael cerró el libro.
—Creí que era para tirar.
—No. Es para usted.
Él dudó un momento.
—Me gusta Wilde.
No agregó nada más.
Desde entonces, Esther empezó a preparar cada jueves.
El té. Algo dulce. Los libros.
Y su cuerpo.
Había vuelto a sentirse viva.
Eso era todo.
El día que él habló distinto, ella lo supo antes de que dijera una palabra.
—Señora… usted no imagina cuánto valoro esto.
Señaló los libros.
—Dios no deja pasar estas cosas.
Después cargó el carro.
Antes de irse, dijo:
—La semana que viene le traigo algo.
Llegó temprano.
No miró el ventanal.
Tocó directamente.
Cuando ella abrió, le mostró una pequeña caja de madera, pintada en tonos violetas.
—Es una caja turca. Guarde un deseo. No la abra.
Se la dio.
Y entró al garaje.
Esther lo siguió.
Esperó a que él se diera vuelta.
Entonces lo abrazó.
El beso fue breve.
Suficiente.
Ismael la apartó con cuidado.
Se miraron.
—Perdón —dijeron los dos.
Él salió.
Esa fue la última vez.
Esther esperó.
Un jueves.
Dos.
Meses.
Después dejó de esperar.
Vendió la casa.
Regaló lo que quedaba.
Se quedó con la caja.
Nada más.
La calle fue más larga de lo que imaginó.
El cuerpo no responde igual cuando ya ha tenido todo.
El hambre tampoco.
La encontraron caída.
Hospital.
Después una iglesia.
Camas que no eran suyas.
Nombres que no importaban.
Cuando volvió a abrir los ojos, escuchó una voz conocida.
—¿La conoce, padre?
Silencio.
Después, un llanto contenido.
Esther giró la cabeza.
—¿Ismael?
Él se acercó despacio.
Como si temiera romper algo.
—Es Esther —dijo—. Ha ayudado mucho a la iglesia.
La mujer que lo acompañaba asintió y se retiró.
Ismael se sentó a su lado.
Tardó en hablar.
—Yo sabía.
No dijo más.
No hizo falta.
Esther cerró los ojos.
Sintió una calma extraña.
—Andate —dijo.
Pero no lo echaba.
Cuando él salió, el silencio volvió a ocuparlo todo.
Entonces lo llamó.
Apenas.
Ismael entró rápido.
La vio.
La sangre.
La navaja.
No preguntó.
—Abrazame —dijo ella—. No llames a nadie.
Él dudó un instante.
Después se inclinó.
La sostuvo.
No fue un beso como el otro.
Fue otra cosa.
Algo que no tenía nombre.
Cuando todo terminó, Ismael se quedó un momento más.
Después vio la caja.
La abrió.
El papel estaba doblado con cuidado.
Leyó:
"Morir en brazos de mi hijo".
Cerró los ojos.
No lloró.
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