La trampa de "lo exclusivo"


Nunca ha habido un número tan reducido de personas equivocadas que hayan ejercido un efecto tan devastador sobre tantas personas a la vez."
Susan George


Hay palabras injustamente condenadas. Durante años intenté reivindicar algunas de ellas: enojo, tristeza, frustración, miedo. Emociones incómodas, sí, pero indispensables para crecer. Son justamente aquellas que una cultura obsesionada con el bienestar permanente intenta silenciar.

También sucede lo contrario.

Existen palabras que repetimos con admiración, sin detenernos a pensar qué historia esconden. Una de ellas es "exclusivo".



En la vida cotidiana, lo exclusivo representa prestigio, éxito y privilegio. Hablamos de un barrio exclusivo, un club exclusivo, un producto exclusivo o una experiencia exclusiva como si la palabra fuera, por sí misma, un valor. 

Toda exclusividad tiene un costo: alguien queda afuera,
aunque esa parte de la historia, rara vez la cuentan.



El lenguaje nunca es inocente

Suelo recurrir al diccionario para comenzar a pensar un concepto. Esta vez me sorprendió comprobar que la Real Academia Española dedica cinco acepciones a exclusivo y apenas una a inclusivo.

No es un detalle menor.

Las palabras también expresan relaciones de poder. Nombran aquello que una sociedad considera valioso y, muchas veces, invisibilizan aquello que prefiere no mirar.


La etimología tampoco deja demasiado margen para la duda.

Excluir proviene del latín excludere: dejar afuera, impedir el ingreso, negar un lugar.


Por eso me resulta imposible separar la palabra exclusivo de aquello que inevitablemente produce: exclusión.


El costo de quedar afuera

La exclusión nunca es una abstracción.

Tiene rostro.

Es la persona descartada por su origen, su género, su edad, su discapacidad, su condición económica, su apariencia o simplemente por no responder a los criterios de productividad que una sociedad establece.

Como señala Carmen Bel Adell, hablar de exclusión social no consiste solamente en hablar de pobreza. Significa preguntarnos quiénes participan plenamente de la vida social y quiénes quedan sistemáticamente al margen.

Allí comienza una forma silenciosa de violencia.

Excluir no sólo significa dejar afuera.
También significa negar reconocimiento, oportunidades y dignidad.


Cuando incluir nos transforma

Hace años descubrí la palabra inclusivo y comprendí que no era simplemente el opuesto de exclusivo.

Era otra manera de entender el mundo.

Ese descubrimiento atravesó mi trabajo de dos formas.

  • Primero, en la búsqueda de un lenguaje más justo. No porque las palabras cambien la realidad por sí solas, sino porque ninguna realidad cambia sin que antes cambie la manera de nombrarla.

  • Segundo, en los proyectos donde la tecnología deja de ser un privilegio para convertirse en una herramienta de inclusión. Cada vez que una persona recupera la posibilidad de aprender, participar o construir junto a otros, la inclusión deja de ser un discurso y se convierte en una experiencia concreta.


Pero quizás el mayor aprendizaje sea otro.
Incluir no transforma únicamente a quien estaba afuera.
Nos transforma a quienes decidimos abrir la puerta.
Nos obliga a cuestionar nuestros prejuicios, nuestras certezas y nuestros privilegios.
Nos vuelve más humanos.

Elegir las palabras

Las palabras no sólo describen el mundo.
También lo construyen.
Por eso desconfío de aquellas que el poder logra presentar como naturalmente positivas.

Y por eso sigo creyendo que vale la pena reivindicar otras.

Promover lo inclusivo no consiste solamente en sumar personas.
Consiste, sobre todo, en construir una sociedad donde nadie necesite ser excluido para que otro pueda sentirse especial.
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