El poder de la intuición

"La intuición es un don sagrado y la razón su fiel sirviente.
Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y ha olvidado el don."

Albert Einstein

Durante muchos años evité escribir sobre la intuición.

No porque dudara de ella.

Sino porque me costaba encontrar palabras para hablar de algo que siempre experimenté con absoluta naturalidad.

Mi intuición tiene formas muy concretas de hacerse presente.

A veces comienza con una presión en la garganta.
Otras, con un zumbido persistente en los oídos.
Algunas veces aparece como un cosquilleo en las manos.
Y otras, con un dolor muy preciso, apenas unos centímetros por encima del ombligo.

Con el tiempo aprendí a escuchar esas señales.

No siempre comprendo de inmediato lo que intentan decirme.

Pero casi nunca se equivocan.

Durante mucho tiempo pensé que hablar de esto podía sonar esotérico o poco serio.

Hasta que descubrí algo curioso.

La filosofía primero, la psicología después y, más recientemente, las neurociencias comenzaron a recorrer un camino que muchos intuían desde hacía siglos.
La intuición no es el enemigo de la razón.
Es otra forma de conocer.


Mucho más que un presentimiento

En el lenguaje cotidiano solemos reducir la intuición a un simple presentimiento.

Sin embargo, su significado es mucho más profundo.

Intuir es comprender algo de manera inmediata, sin recorrer paso a paso el camino del razonamiento consciente.
No significa adivinar.
Significa reconocer.
Como si una parte de nosotros ya supiera aquello que nuestra razón todavía necesita demostrar.

Durante siglos la cultura occidental privilegió el pensamiento lógico.

Aprendimos a desconfiar de todo aquello que no pudiera explicarse con argumentos.

Y, sin embargo, buena parte de nuestras decisiones importantes nunca nacieron exclusivamente de la lógica.

Elegimos una profesión.

Nos enamoramos.

Confiamos o desconfiamos de una persona.

Aceptamos una propuesta.

Nos alejamos de otra.

Después construimos razones para justificar esas decisiones.

Pero muchas veces la decisión ya había sido tomada.

La inteligencia silenciosa

Hoy sabemos que nuestro cerebro procesa una enorme cantidad de información sin que seamos conscientes de ello.

La intuición es, en parte, el resultado de ese trabajo silencioso.

Experiencias acumuladas.

Patrones aprendidos.

Emociones.

Recuerdos.

Señales imperceptibles que nuestro cuerpo registra mucho antes de que lleguen a la conciencia.

Por eso razón e intuición no compiten.
Conversan.

Una analiza.
La otra reconoce.

Una necesita tiempo.
La otra aparece de golpe.

Las dos resultan indispensables.

Aprender a escuchar

La intuición no puede imponerse.
Tampoco puede forzarse.
Sólo puede escucharse.
Y para escucharla hace falta algo que escasea en nuestra época.

Silencio.

Vivimos rodeados de estímulos.
Información permanente.
Opiniones.
Pantallas.
Urgencias.

Resulta difícil percibir la propia voz cuando todo el tiempo alguien está hablando dentro o fuera de nosotros.

Quizá desarrollar la intuición consista menos en adquirir una nueva capacidad que en recuperar una que siempre estuvo allí.

Escuchar el cuerpo.

Observar las emociones.

Prestar atención a aquello que aparece antes de que podamos explicarlo.

El lugar donde razón e intuición se encuentran

No creo que debamos elegir entre pensar o intuir.

Desconfío tanto de quien desprecia la razón como de quien reduce toda experiencia humana a aquello que puede demostrar.

Las mejores decisiones de mi vida nacieron cuando ambas pudieron encontrarse.

La intuición señalando un camino.
La razón ayudándome a recorrerlo.
Tal vez por eso ya no me preocupa explicar demasiado lo que siento.

Prefiero aprender a escuchame.
Porque, después de todo, hay verdades que primero se reconocen.
Y sólo mucho tiempo después logramos comprenderlas.
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