En el revés del revés

1
Hubiese sido más fácil
si alguien me advirtiera
que el suelo podía moverse
sin avisar.
Ese martes me levanté
y mis pies no eran pies
pero no me dijeron nada.
Caminé como siempre
pero me caí
y me retaron
por no mirar por dónde iba.
Yo miraba, lo juro.
Miraba, miraba, miraba
hacia todos lados.
Pero el piso estaba tan lejos
que mis manos
llegaron primero.
¡Cuánto sufrieron mis manos!
Mis manos se cansaron,
mis manos se asustaron
por el peso de mi cuerpo.
Mamá dijo:
"no exageres, no es para tanto"
y siguió barriendo el techo
de la casa
que ahora cuelga del cielo.
Yo quise avisarle
que algo estaba pasando,
que nada ya era seguro
y que caeríamos todos
al revés del revés.
Pero no encontré las palabras
porque las palabras también
caminaban con las manos.
2
Caí, caí, y caí.
Y después de caer,
caer y caer,
dejé de preguntar
por qué.
Aún no entendía,
pero preguntar me agotaba,
me dejaba sin aliento
y me hacía caer más.
De pronto descubrí
que mis manos
sabían algunas cosas
que yo nunca imaginé.
Sabían cuándo el suelo
lastimaba
y cuándo
nos divertiríamos al caer.
Sabían que no todo peso
es enemigo
y que el cuerpo
aprende
desde muy abajo.
Igual, entonces,
no las perdonaba.
Me enojé seriamente con ellas.
Yo quería pies
como antes,
pies en los cuales apoyarme.
Pero las manos
no se rendían
y me recordaban
cuánto habían hecho por mí.
Con ellas amasé caminos,
froté piedras,
limpié la suciedad
de viejas caídas.
Con ellas aprendí
a acariciar despacio,
como si el mundo
pudiera romperse
si yo llegaba de golpe.
Los grandes dicen
que voy a acostumbrarme.
No entiendo
qué quiere decir
la palabra "costumbre".
Sí entiendo las sorpresas.
A veces no me gustan
y otras sí,
como el andar de mis manos.
Son graciosas
cuando le ganan a mi cabeza
y la confunden.
Son desobedientes.
Hacen,
se equivocan,
vuelven a hacer,
vuelven a equivocarse
y se burlan de mí.
En eso las envidio.
No tienen piedad.
Se ríen también del cuerpo,
le hacen cosquillas
para que deje de quejarse.
Un día,
aún contra mi voluntad,
seguí a mis manos.
Y en ese momento
mi pie vio a otro niño
caminar como yo.
No sé cómo,
pero me guiñó un ojo
en señal de aprobación.
No hablamos.
Nos saludamos
con las manos sucias.
No nos reímos.
No lloramos.
Seguimos juntos
desde entonces
caminando.
3
Parece ser
que los grandes no se caen
como yo.
Se caen para adentro.
Caminan con las manos
sin mirarlas,
como si no existieran.
Dicen
"es así"
y "así es",
como si alguien
lo hubiera decretado.
Cuando pregunto
me miran desconcertados,
como si preguntar
fuera peligroso.
Un vecino se animó un día
y me contó
que antes también se caía,
pero no se lo contó a nadie.
Cobró fuerzas
y prohibió al dolor.
No entendí
si eso era bueno,
pero él se rió
y yo me reí con él.
Mamá no tiene problemas
con sus manos.
No necesita mirarlas,
porque ellas lo hacen todo.
Cocinan,
barren,
ordenan,
sostienen techos
que no caen.
Tampoco nadie
los mira caer.
Una tarde quise decirle
que el techo pesa
aunque nadie lo note,
pero estaba apurada,
sus manos
no tenían tiempo.
Los grandes dicen
que no piense tanto,
que camine,
que caminando
voy a entender.
Pero no entiendo
qué debo entender.
No sé
para qué sirve entender.
Lo que me gustaría saber
es por qué no miran el suelo,
caminan torcidos
y festejan algo
que llaman equilibrio.
A veces pienso
que crecieron
para no caerse más,
o para no darse cuenta
de que caerse duele.
Yo todavía no crecí.
Por eso mis manos avisan,
mi cuerpo grita,
mi cabeza llega tarde
y nunca sabe qué decir.
Tal vez por eso
todavía soy una niña feliz,
porque en el Revés del Revés
se sigue sintiendo.
4
La casa no está en el suelo.
Eso lo sé
porque cuando entro
mi cuerpo tiene miedo.
Dicen que es una casa normal.
Yo no veo
qué tenga de normal
que el techo me reciba
en silencio.
No puede saludar,
solo sostiene
paredes
que cuelgan de él.
El piso, en cambio,
es ocurrente.
Me hace reír a veces,
como si dudara de todo.
Lo respeto.
Cuando me acuerdo,
camino despacio
para no despertarlo.
Mamá casi lo ignora.
Está obsesionada con el techo.
Barre, barre y barre
como si el cielo
necesitara su orden.
Yo tengo pena
por la escoba.
¿Y si se cansa?
De todos modos
no digo nada.
Hay comentarios
que pueden lastimar al otro.
La mesa y las sillas
no toman partido.
Confían en algo
que yo no veo.
Le pedí a papá
un soporte
para colgar mi cama.
Por eso sueño
que me caigo
sin moverme.
5
En este mundo
hay algo emocionante.
El sol sale por lo bajo.
Cuando llueve
no cae agua,
sube.
En esos momentos
abrazo una pared
para asegurarme
de que sigue ahí.
La pared no responde,
pero no se va.
Eso me alcanza.
Mi familia dice
que la casa es muy segura.
Yo no puedo contradecirlos,
pero por las noches
escucho al techo
respirar.
No sé
si me cuida
o si me pide
que no lo consuele.
Lo hago
y me duermo
mirando arriba,
porque en el Revés del Revés
lo importante
siempre está
donde no nos enseñaron
a mirar.
6
El problema en este mundo
es el cuerpo.
No siempre hace
lo que yo quiero.
A veces se adelanta,
otras se queda atrás,
como si no escuchara
mis órdenes.
Yo le digo
"quieto"
y salta.
Le digo
"seguí"
y se sienta
en medio del aire
y se cae.
El médico me dijo
que eso es torpeza,
que ya se me va a pasar.
No le creo.
Yo sé que mi cuerpo
está ocupado
en otra cosa:
él me cuida.
Está atento
a ruidos
que yo no oigo,
a caídas
que todavía
no pasaron.
Cuando me enojo
el cuerpo se agacha.
Cuando me callo
se tensa.
A veces me castiga,
me deja sola.
Otras
me protege,
me da un abrazo
sin pedirme permiso.
Me gustaría
darle órdenes
como hacen los grandes
con el suyo.
Pero no puedo.
Él no obedece.
Se cansa.
Se equivoca.
Se acuerda.
Tiene memoria
de lugares
donde yo no estuve.
Mis rodillas registran
cuántas veces caí.
Mi espalda recuerda
quién estuvo
cuando nadie miraba.
Mi cabeza se enoja con él,
quiere dominarlo
y no puede.
Una vez me impuse.
Decidí no sentir nada.
El cuerpo no aceptó.
Me dolió más.
Tal vez no es rebeldía.
Quizá no sabe
qué es seguir órdenes
y solo quiere
estar a salvo.
7
Tengo muchos juguetes,
pero tengo más preguntas
que no sé
dónde poner.
Si las digo
se escapan.
Si las guardo
pesan.
Pregunto
por qué no tenemos suelo
y me dicen
"siempre fue así".
Pregunto
desde cuándo
y nadie se acuerda.
Pregunto
si podríamos comprar otro
y bajan la voz,
como si hubiera dicho
algo indebido.
No creo
que mis preguntas
sean difíciles.
Son simples.
Quizá estén
en el lugar equivocado.
Le pregunté a mi abuelo
si las escaleras
se pueden desorientar.
Me dio un beso
y sonrió,
pero no contestó nada.
No me desanimé.
Le pregunté
si caminar con las manos
algún día
deja de doler.
Me sonrió otra vez
y me dijo
que uno se acostumbra.
Le pregunté
si acostumbrarse
es lo mismo
que estar bien.
No respondió.
Lo vi tan cansado
que preferí
no seguir.
8
Hace ya bastante tiempo
que sigo aquí.
No cambió
ni cambiará el mundo,
dicen los grandes.
Pero ya no importa.
Me amigué con mis manos
y entendí
que no tenía sentido
pelearme con el suelo.
No corrí más.
Caminé lento
para no asustar al mundo.
A veces miro
a otros niños.
Nos hicimos amigos.
Ellos también caminan
con las manos
y me alegra
no estar sola.
Ellos tampoco preguntan mucho.
Miran.
Imitan.
Se caen distinto.
Uno me enseñó
que si doblás un poco
los codos,
el golpe duele menos.
Otra chica me dijo,
sin palabras,
que el techo no se cae
si alguien cree en él.
Lo creí
y me alegré.
No sé
si este mundo
empezó a ser mejor.
Sé que es donde nací
y que quiero habitarlo,
para ver
si él puede ver algo
que yo no veo.
A veces,
cuando nadie lo ve,
me abraza
cuando tengo miedo.
A veces tiembla
cuando me enojo
y le quito el saludo.
Gracias a él
aprendí qué es entender:
solo un poco,
no del todo.
Y gracias a él
aprendí a mirar
sin juzgar,
a esperar
que alguien me mire
para invitarlo
a jugar
al revés del revés,
comenzando por el fin
y terminando
cuando alguien diga
"había una vez".
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