Elogio de la pregunta
Si pudiera volver a ser niña y alguien me preguntara qué quiero ser cuando sea grande, respondería sin dudarlo:
—Preguntadora.
Porque quien nunca deja de preguntar, nunca deja de aprender.
Parece una afirmación obvia. Sin embargo, buena parte de nuestra educación ha privilegiado las respuestas por encima de las preguntas. Desde pequeños aprendimos que lo importante era contestar correctamente. Preguntar, en cambio, muchas veces fue interpretado como una señal de ignorancia.
¿Entonces qué es más importante: la pregunta o la respuesta?
¿Cuántas veces escuchamos frases como "preguntar es de tontos"?
Con el tiempo aprendimos a callar.
No porque no tuviéramos preguntas.
Sino porque temíamos quedar en evidencia.

El arte olvidado
Con frecuencia, al terminar una capacitación, hago la misma invitación:
—¿Hay alguna pregunta?
Y casi siempre aparece el mismo silencio.
No creo que ese silencio signifique que todo quedó claro.
Creo que revela algo mucho más profundo.
Nos cuesta preguntar.
A veces por vergüenza.
Otras, porque ni siquiera sabemos cómo formular aquello que necesitamos comprender.
Y, sin embargo, pocas habilidades resultan tan valiosas como aprender a preguntar.
Toda pregunta nace de una necesidad de saber.
Desde los interminables "¿por qué?" de un niño hasta las grandes preguntas de la ciencia, el conocimiento siempre comienza con un interrogante.
Las respuestas cierran una etapa.
Las preguntas inauguran otra.
Las preguntas que nos hacemos
Pero existe un tipo de preguntas aún más importante.
Las que nos dirigimos a nosotros mismos.
Nuestra vida está atravesada por un diálogo interior casi permanente.
Y la calidad de ese diálogo depende, en gran medida, de las preguntas que elegimos hacernos.
No es lo mismo preguntarse:
—¿Por qué siempre me pasa esto a mí?
que preguntarse:
—¿Qué puedo aprender de lo que me está pasando?
La primera nos deja atrapados en el problema.
La segunda nos pone en movimiento.
Las preguntas no son neutrales.
Abren o cierran posibilidades.
Nos fortalecen o nos debilitan.
Determinan aquello sobre lo que enfocamos nuestra atención y, en consecuencia, también nuestras emociones y nuestras decisiones.
Preguntar para transformar
Con el tiempo comprendí que aprender no consiste solamente en incorporar conocimientos.
También implica desaprender.
Cuestionar aquellas certezas que durante años dimos por verdaderas.
Y ese proceso siempre comienza del mismo modo.
Con una buena pregunta.
Las grandes transformaciones personales rara vez nacen de una respuesta brillante.
Empiezan cuando alguien se anima a preguntarse algo que nunca antes había querido mirar.
Quizá por eso el autoconocimiento dependa menos de encontrar explicaciones y mucho más de formular preguntas honestas.
Escuchar antes de preguntar
Existe otra condición indispensable.
No hay buenas preguntas sin buena escucha.
Preguntamos mejor cuando dejamos de preparar la respuesta mientras el otro todavía está hablando.
Cuando escuchamos con curiosidad.
Cuando suspendemos el juicio.
Cuando realmente queremos comprender.
Las preguntas más poderosas no buscan confirmar nuestras ideas.
Buscan descubrir aquello que todavía ignoramos.
El milagro del "no sé"
Hace tiempo descubrí que una de las expresiones más liberadoras que conocemos es "no sé".
Durante años nos enseñaron a evitarla.
Como si reconocer nuestra ignorancia fuera un fracaso.
Hoy creo exactamente lo contrario.
El "no sé" es el punto de partida de todo aprendizaje.
Sólo quien acepta que no tiene todas las respuestas puede empezar a formular mejores preguntas.
Alvin Toffler afirmaba que los analfabetos del siglo XXI
no serían quienes no supieran leer o escribir,
sino quienes fueran incapaces de aprender, desaprender y reaprender.
Yo agregaría algo más.
Serán quienes hayan perdido la capacidad de preguntar.
Porque, después de todo, las respuestas nos ayudan a comprender el mundo.
Pero son las preguntas las que tienen el poder de transformarlo.
Y también de transformarnos.
