Frustra(i)ciones

Frustraciones estériles
Si pariera un hijo, lo amamantaría con mis rebeldías.
Si fuese su padre, armaría un carrito con las mías
y lo acompañaría, a medianoche, a sepultarlas en un basural.
Si fuese su abuela, lo bañaría, le prepararía un guiso
y le cantaría muy bajito hasta que amanezca.
Si fuese su abuelo, le enseñaría a cirujear
para reencontrar viejas rebeldías.
Si fuese su pareja, prepararía una cama
para que descanse a su regreso.
Si fuese su amigo, organizaría una gran fiesta
para celebrar su liberación.
Pero me dejaste estéril.
Y ya ni siquiera tengo fuerzas
para odiar mi frustración.
Frustraciones heredadas
El comandante de la Guardia Suiza no llegó a cruzar el
umbral del dormitorio.
Giró y miró a ambos lados.
Una puerta entornada, a su derecha, le ofrecía la
posibilidad de cambiar de opinión.
A su izquierda, un cortinado azul oscuro ocultaba el ventanal que tantas veces
acompañó sus silencios.
La última vez, el día en que su padre supo de su admisión
en el ejército más selecto del mundo.
Recordó la neutralidad de su mirada cuando sentenció:
—No es suficiente, hijo. Aunque me duela, no dejarás de ser un mediocre.
No pudo responder. Prefirió marcharse en silencio.
Tampoco regresó ni se animó a compartir sus ascensos.
Los dictámenes de su padre eran, son y serán inapelables.
Volvió a observar el cortinado.
Fue su único testigo cuando juró volver triunfante.
Saber esperar tendría su recompensa.
Cerró los ojos.
Se imaginó radiante, luciendo su colorido uniforme
en la tapa de los principales diarios del mundo.
"Asesinato frustrado" sería el titular perfecto,
digno de una mediocridad genética.
Frustraciones violentadas
Difícil comprender la frustración.
Un simple golpe la conmovía,
casi como acariciándola.
Quedaba reducida a sus ojos,
mirando fijo aquella mano,
única protagonista en la escena.
No había llanto, ni gritos, ni puteadas,
ni ahogos…
Sólo una espera eterna,
el dolor que no llegaba
y una imagen siniestra
que la hipnotizaba.
Difícil comprender la frustración.
Una simple caricia la aterraba,
casi como golpeándola.
Quedaba reducida a sus ojos,
mirando fijo aquella mano,
única protagonista en la escena.
No había llanto, ni gritos, ni puteadas,
ni ahogos…
Sólo una espera eterna,
el amor que no llegaba
y una imagen siniestra
que la hipnotizaba.
Frustraciones
incomprendidas
Su vida fotografiaba en sepia.
Recuerdos esfumados sostenían su deseo,
escurridizo a toda explicación.
—Quiero hablarte sobre mi deseo —le dijo a Ignacio,
con una sonrisa que recreaba un odio desteñido por el tiempo.
—Cerrá los ojos —pidió Estela—.
Imaginame de noche, parada frente a una ciudad desierta.
Sólo una luz blanca se impone.
Siento asco por esa armonía barata.
La alternativa es lo más bajo y oscuro.
Ahí inverna mi deseo.
Me excita y me asusta conocerlo.
Un paso más y seré suya, más allá de mi voluntad.
Si avanzo, será imposible retroceder.
Mis ideas se desvanecen y tomo valor.
Me entrego a descubrirlo.
Entonces vendrán los aplausos…
Soy bendecida por la luz blanca,
que me distingue como la fetiche de turno
en la perversa parodia del poder.
Paradójicamente, mi deseo
me convirtió en armonía barata.
Él la miró con ternura.
Siempre durmió tranquilo.
Su único desvelo era la luz que debía pagar a fin de mes.
Él sí se sentía satisfecho a su lado,
al punto de querer decírselo,
pero no era el momento adecuado.
Temió lastimarla al decirle que el deseo era algo simple:
casarse, tener hijos, buen sexo,
un aumento de sueldo a fin de mes
y festejar los campeonatos de "su Boquita".
Y si todo eso fallaba,
una cervecita y una grande de muzzarella
fusilaban cualquier resto de frustración.
Él tenía una vida multicolor.
Sólo lamentaba no poder compartirla con ella.
Frustraciones desesperadas
Desde hace años busco una palabra
para definir a quien desespera a otro.
No me gusta llamarlo "desesperador",
pero no encuentro otra forma
de describir la dialéctica
desesperador / desesperado.
Son complementarios.
A uno, el miedo lo paraliza;
el otro lo aprovecha como escudo de protección.
Aprendí, acumulando frustración,
que no es posible colmar la desesperación del otro.
Nunca debí creer que ganaba la partida.
Me aterra la venganza de los desesperados.
Ojalá no vuelva a jugar contra él.
No voy a desesperar por aceptar perder.
El riesgo de la negación es el descontrol,
y ni siquiera el cementerio
se apiada de los omnipotentes.
Frustraciones reveladas
Yo me rebelo.
Vos deberías rebelarte,
pues él se rebela.
¿Y nosotros?
Rebélense ustedes.
No importa qué hagan ellos.
Hablando o en silencio.
Gritando o escupiendo.
Llorando o tejiendo.
Comiendo o siendo comidos. No importa cómo.
Ahora, pronto, siempre, alguna vez, ayer, el mes próximo, el
año pasado.
En el tiempo, con tiempo o sin él. No importa el momento.
En el baño, en el subte o en la cama.
En Alaska o en la India, en un sueño o en un cuento.
En el fondo, en el centro, adentro o afuera.
No importa el lugar.
No importa la importancia, la razón, la sinrazón, el sin o
el sobre.
No importa la carta ni el papel.
Nada importa. Ni siquiera frustrarse.
Hacelo sin rebelión o religión;
sin idea ni ideología;
sin cacerolas o con matafuegos.
Rebelémonos.
Frustraciones analizadas
Blancas: Peón 4 Rey
—La escucho —dijo el analista,
iniciando formalmente la sesión.
Negras: Peón 4 Rey
—Odio a las embarazadas —gritó el señor Smith,
después de un largo silencio, intentando ocultar
la aparición de su primera lágrima.
Blancas: Alfil Rey Caballo 4
El analista lo observó.
Buscó una mirada, un gesto, un "algo"
que lo orientara en la causa de ese sentimiento.
Finalmente, un recuerdo lo ayudó a intervenir:
—Su esposa perdió el embarazo de una niña, ¿no?
Negras: Caballo Dama Alfil 3
—Sí, y no entiendo su pregunta.
El odio es porque anoche soñé
que mi ombligo era una gran boca devorándome.
Me transformé en una gran panza, a punto de parir.
Sentí náuseas al verme indefenso,
a la espera del feto que me habitaba.
Un sonido intenso aceleró el proceso
y vomité una niña.
Recuperé mi cara tatuada en su cuerpo.
Desperté aterrado.
Juré que sólo a usted le confesaría
el sufrimiento de parir un hijo
y el misterio de la creación.
Blancas: Dama Alfil 3
—Ah… comprendo —balbuceó el analista.
Negras: Alfil Rey Alfil 4
—¿Comprende qué? —se desesperó Smith—.
Por favor, no me asuste.
¿Cree que estoy atravesando una crisis de identidad?
Blancas: Dama Alfil 7
—¿Crisis de masculinidad, dijo?
Jaque mate. Lo espero en la próxima partida.
—Algo más —continuó—.
Usted mencionó la creación,
lo cual asocio a frustración y, por mi bien, a prevención.
Por lo tanto, en las sucesivas sesiones,
traiga preservativos para ambos.
Frustraciones extrañadas
Siento la frustración como una sensación más
extraña que extrañada.
¿Existirá el sustantivo "extrañada"
para definir a quien otros extrañan?
Sí conozco "extrañado", de extrañeza,
pues "lo extraño" sí existe.
Y con sólo agregarle un "yo" delante,
se aclara su sentido:
yo lo extraño.
No hay dudas de mi intención.
Con los otros, no es sencillo comprender.
El extrañ(o/ó) nos confunde con su tilde;
la extraña genera ambigüedad al extrañarse:
Se extraña en su respuesta "entendida", que todo lo
explica.
Se extraña al no entender su extrañamiento.
Y, además, la frustración es extraña… ¿o lo estará?
Una frustración fortalecida diferencia ser de estar.
"Soy" es un condicionante eterno;
"estar", en cambio, puede reducirse a un instante.
Me corrijo: no es extraña,
simplemente hoy lo está.
Y olvidaba el extrañamiento.
La psiquiatría lo describe en tres síndromes:
despersonalización, desrealización y trastornos del yo.
Un yo —mi yo frustrado— prefiere cantar
el maravilloso tema de Charly García:
"Amo lo extraño".
Frustraciones delirantes
¿Que el amor no está en crisis?
¿Quién afirma semejante estupidez?
Seguramente, ese ridículo arquero,
solitario por naturaleza,
de sexualidad más que dudosa,
opinólogo en reality shows.
Justamente él,
que tuvo la oportunidad de flechar
a los mismísimos Adán y Eva,
y en cambio se enamoró de Dios,
motivo suficiente para ser el primero
en ser expulsado del paraíso.
Y como se negó a reparar su error,
se emborrachó con vino barato
en una cantina de los suburbios
de la tierra prometida.
Fue allí donde confundió amor con Omar,
Omar con Roma,
Roma con ramo,
ramo con mora…
Y justamente con una mora
intentó seducir al viejo Arom,
quien lo golpeó, indignado,
porque las faltas de ortografía
son la principal causa
de las crisis amorosas.
Frustraciones breves
Aún nos conmueve recordar ese día.
Sólo conocíamos la intención de publicar un libro
basado en esa rara pasión por los epitafios.
Recorría tumbas y seleccionaba los más originales
para copiarlos en una sobria libreta
que heredó de su padre, junto a un antiguo cortaplumas.
Luego los clasificaba usando dos palabras:
"formales–amorosos", "hipócritas–profesionales",
"ridículos–filosóficos", "amistosos–simples"
o "incestuosos–familiares", sus preferidos.
Y finalmente, las breves —su creación—,
una categoría que exigía ciertos cálculos:
no podían superar las doce letras,
añadían un punto por cada vocal,
descontaban uno por las letras duplicadas
y quedaban fuera del conteo todas las consonantes posteriores a la "r" en el alfabeto.
Aún nos conmueve recordar ese día.
Imposible imaginar cuánto lo había esperado.
Como de costumbre, caminó desde la entrada principal
hacia el crematorio.
Se detuvo deliberadamente frente a una tumba,
en apariencia abandonada.
"A mi gran amor", decía, junto a la foto de su padre.
Levantó los ojos al cielo.
Sus ruegos fueron escuchados:
milagrosamente, clasificaba como breve.
Entonces llamó a su hijo,
quien en silencio la observaba a cierta distancia.
Lo besó, obligándolo a arrodillarse frente a su padre.
La lluvia nos ocultó la escena póstuma;
quizá verla nos hubiese ayudado a justificarla.
Aún nos conmueve recordar ese día.
En especial, después de revisar su libreta
y comprobar que había completado su obra.
"Fin" escribió en la última página,
con su sangre aún tibia,
disfrutando la plenitud del deseo cumplido.
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