Hacer lugar
Durante mucho tiempo pensé que aprender consistía en incorporar algo nuevo.
Con los años descubrí que, muchas veces, el verdadero aprendizaje comienza cuando somos capaces de hacer lugar.
No se trata de olvidar lo vivido ni de desechar lo aprendido. Se trata de cuestionar aquello que parecía definitivo para abrir espacio a una forma distinta de mirar, de sentir y de vivir.
Hace bastante tiempo escribí un texto sobre el desaprendizaje al que llamé El milagro del no sé. Sin embargo, recién en los últimos años comprendí la profundidad de aquella intuición.
Dos experiencias muy diferentes me llevaron hasta allí.
- La primera fue un inesperado encuentro con el arte.
Durante décadas creí que mi dificultad para cantar era simplemente una desafinación. Con el tiempo descubrí que mi voz había permanecido escondida detrás de dolores que nunca encontraron palabras. Aprender a cantar terminó siendo mucho más que afinar una melodía: fue permitir que una parte de mí saliera, por fin, de la oscuridad del silencio.
- La segunda fue un replanteo de mi propia fe.
Siempre pensé que la fe no se busca. Se encuentra.Pero sólo puede encontrarse cuando algo en nosotros cambia lo suficiente como para recibirla.
Nunca creí en los manuales que prometen fortalecer la fe en diez pasos. La fe no se fabrica. Como una semilla, necesita una tierra preparada para crecer.
Fue entonces cuando comprendí algo que hasta ese momento había pasado inadvertido.
Ambas experiencias habían comenzado mucho antes de que yo pudiera reconocerlas.
Siempre que algo importante me sucede, tengo la sensación de que, en realidad, hacía tiempo que estaba sucediendo.
Lo nuevo no es el acontecimiento.
Lo nuevo es la posibilidad de hacerlo consciente.

Desaprender para hacer lugar
Hoy ya no pienso el desaprendizaje como un proceso destinado a olvidar. Lo pienso como una forma de hacer lugar.
Cuestionar certezas.
Revisar creencias.
Desconfiar de lo obvio.
Aceptar que muchas respuestas dejan de servir cuando la vida nos formula preguntas nuevas.
Es un camino incómodo.
Porque nos obliga a abandonar la tranquilidad de aquello que creíamos saber.
Pero también es profundamente creativo.
Sólo cuando algo se mueve por dentro aparece el espacio para que nazca un aprendizaje distinto.
Nada de esto ocurre en piloto automático.
Hace falta deseo.
Decisión de enfrentar miedos de todos los tiempos.
Y una enorme dosis de humildad para reconocer que todavía podemos aprender.
La decisión de abrir espacio
Hacer lugar es una decisión.
No una técnica.
No un método.
Mucho menos una receta.
Es aceptar convivir con el "todavía no"
Es dejar de llenar cada vacío con explicaciones, objetos o certezas.
Es aceptar la angustia sin correr inmediatamente a taparla.
Vivimos en una cultura que nos ofrece soluciones para todo.
Objetos.
Consumos.
Métodos.
Respuestas rápidas.
Pero pocas veces nos invita a permanecer un instante en ese espacio fértil donde todavía no sabemos.
Y, sin embargo, sospecho que es precisamente allí donde comienzan las transformaciones importantes.
Mi manera de andar
Con el tiempo comprendí que esa forma de vivir también había dado origen a mi trabajo.
Por eso Encontradores.
Un buscador suele caminar detrás de un objetivo.
Un encontrador, en cambio, sale al camino dispuesto a dejarse sorprender.
No porque carezca de rumbo.
Sino porque sabe que las cosas más importantes rara vez aparecen donde uno las había planeado.
La vida terminó de enseñármelo cuando la salud me obligó a detenerme durante varios meses.
Por primera vez comprendí que no podía contar conmigo.
Todas las seguridades desaparecieron.
Los planes dejaron de parecer infalibles.
Sólo permaneció una certeza.
Había un Dios que me devolvía la vida.
Y, junto con ella, la libertad de elegir cómo quería caminar.
Desde entonces comprendí que hacer lugar no consiste solamente en aprender de otra manera.
Consiste en vivir de otra manera.
Un lugar disponible
Hoy miro hacia atrás y descubro que, sin saberlo, llevaba muchos años haciendo lugar.
A la emoción.
Al silencio.
Al aprendizaje.
A la creatividad.
Y también a la fe.
Todavía no sé con claridad cómo acompañar el camino de la madurez espiritual.Quizá porque sigo recorriéndolo.
Pero intuyo que comparte el mismo movimiento que la madurez emocional.
Ambas comienzan cuando dejamos de intentar controlarlo todo y aceptamos que hay procesos que necesitan tiempo.
Por eso no siento que mi tarea sea ofrecer respuestas.
Prefiero ayudar a preparar el terreno.
Porque las semillas no crecen por insistencia.
Crecen cuando encuentran un lugar donde echar raíces.
Y quizá, después de todo, hacer lugar sea simplemente eso.
Preparar la casa para que, cuando la vida golpee la puerta, nos encuentre.
