La ilusión de los muertos vivos
Las adicciones son, para muchos, la enfermedad del siglo XXI. Sin embargo, cada vez que el tema se instala en el debate público, reina la hipocresía con la que muchas autoridades, medios de comunicación y hasta algunos referentes de la salud lo abordan.
- Duele porque resulta demasiado fácil reducir la adicción a una sustancia, una conducta, un alimento o una persona, dejando de lado al verdadero protagonista: el adicto. Un ser humano desesperado por escapar de una realidad que ya no puede sostener, dispuesto a pagar el más alto de los precios con tal de aliviar, aunque sea por un instante, su sufrimiento.
- Duele porque conozco demasiado de cerca esta realidad. Me resulta imposible ignorar la vergüenza y el miedo que implica vivir una adicción en una sociedad donde los adictos siempre son "los otros": personas ajenas, lejanas, diferentes a nosotros.
- Y duele, sobre todo, porque cuando uno mira a un adicto a los ojos descubre algo más profundo que una enfermedad. Descubre a una persona alienada, vaciada de sí misma; alguien que ha confundido el deseo con la necesidad y la libertad con la esclavitud.
Por eso siento la necesidad de decir una verdad tan evidente como incómoda:
Todos somos, en mayor o menor medida, víctimas y cómplices —por acción u omisión— de una sociedad que fabrica adictos.
Mientras esa maquinaria funciona, el adicto resulta útil. Pero cuando la dependencia se vuelve inmanejable, ya no hay familia, amigos ni trabajo que logren contenerla. Entonces aparece la necesidad social de señalarlo, demonizarlo y excluirlo, como si fuera el único responsable de aquello que entre todos ayudamos a construir.
Tal vez hoy, como hace dos mil años, también huiríamos si alguien dijera:
"Quien esté libre de toda adicción, que arroje la primera piedra."

¿Cómo pensar la adicción?
Toda reflexión sobre las adicciones nace dentro de un contexto político, cultural y social determinado. No existen miradas neutrales. La forma en que una sociedad entiende la adicción condiciona sus políticas de salud, de educación, de justicia, la manera en que informan los medios de comunicación y, finalmente, la forma en que todos nos relacionamos con quienes la padecen.
Con demasiada frecuencia se recurre a estereotipos. La adicción queda asociada casi exclusivamente al consumo de drogas ilegales, al narcotráfico, a jóvenes marginales, delincuentes, familias desestructuradas o personas con trastornos mentales.
Esa mirada es parcial y profundamente injusta.
Las adicciones atraviesan todas las clases sociales, todas las edades y todos los ámbitos. Cambian los objetos de consumo, pero el mecanismo es siempre el mismo.
Hace pocos días leí un texto titulado Fabricando la sociedad adicta, que me impulsó a escribir estas reflexiones sobre la relación entre el adicto y la sociedad.
Para ello creo necesario partir de dos ideas.
- La primera consiste en abandonar el prejuicio que reduce las adicciones al consumo de sustancias ilegales. La adicción es una enfermedad compleja que debe distinguirse del uso, del abuso y de la dependencia.
- La segunda es recuperar el sentido original de la palabra.
Adicto proviene del latín addictus. En el derecho romano se llamaba así al ciudadano que, al no poder pagar sus deudas, era adjudicado como esclavo a su acreedor.
La adicción era, literalmente, una sentencia de esclavitud.
La pregunta entonces cambia por completo.
No se trata e de preguntarnos a qué es adicto, sino qué deuda emocional, afectiva, existencial o espiritual lo llevó a entregar su propia libertad.
La máquina de fabricar adictos
Suele decirse que el mejor esclavo es aquel que ama su esclavitud.
Creo que esa afirmación es apenas una verdad a medias.
Nadie puede elegir libremente aquello que hace desde la alienación. La adicción nunca es una elección plena; es la consecuencia de una libertad progresivamente perdida.
Nadie nace alienado.
Más allá de cualquier predisposición genética, de la historia personal o de las experiencias traumáticas, resulta imprescindible observar el contexto social donde las adicciones proliferan.
Imaginemos una moneda con dos caras.
- En una aparece una persona incapaz de enfrentar el dolor que la habita. Alguien que hipoteca su vida —y muchas veces también la de quienes ama— por cualquier sustancia, objeto, actividad o vínculo que le permita escapar de la realidad.
- En la otra cara aparece una sociedad que ofrece un inmenso catálogo de evasiones.
Trabajo convertido en adicción, consumo compulsivo, redes sociales, tecnología, apuestas, comida, sexo, alcohol, psicofármacos, drogas legales e ilegales, entretenimiento permanente y un mercado dispuesto a transformar cualquier vacío humano en una oportunidad de negocio.
En un primer momento ambas partes parecen beneficiarse.
El adicto consume.
La sociedad vende.
El adicto necesita cada vez más.
El mercado ofrece cada vez más.
La frustración deja de ser una oportunidad para crecer y se convierte en un enemigo del que hay que escapar inmediatamente.
Como un niño que exige satisfacción instantánea, el adicto reclama "felicidad ahora". Y la sociedad responde ofreciéndole infinitas formas de anestesiar el dolor.
Mientras tanto, también produce individuos cada vez menos capaces de cuestionar el sistema que alimenta esa dependencia.
Una persona completamente alienada difícilmente pueda rebelarse.
Cuando el monstruo deja de ser útil
Pero toda esta lógica tiene un límite.
Llega un momento en que la sociedad descubre que el monstruo que creó ya no puede ser controlado.
La dependencia supera cualquier cálculo.
Los cambios físicos, psíquicos, emocionales, familiares, laborales y sociales desbordan toda capacidad de respuesta.
Entonces la misma sociedad que antes alimentaba la dependencia comienza a rechazar al adicto.
Como ocurrió durante siglos con los leprosos, aparece la necesidad de aislarlo.
La exclusión reemplaza al acompañamiento.
El miedo sustituye a la comprensión.
Y finalmente entra en escena Frankenstein.
Cuando el monstruo cobra vida, nadie sabe qué hacer con él.
Ni la escuela.
Ni la familia.
Ni los programas sociales.
Ni la justicia.
Ni la policía.
Ni siquiera el propio sistema de salud.
Las respuestas suelen reducirse al encierro, la institucionalización, la cárcel o, en algunos países, políticas centradas únicamente en reducir el daño y minimizar las molestias que la adicción provoca sobre el orden público.
Desarmar la máquina
Cuando la adicción ya se ha instalado profundamente, casi siempre llegamos tarde.
Por supuesto que es necesario asistir, tratar y acompañar a quienes la padecen.
Pero el verdadero desafío comienza mucho antes.
Empieza en ese largo recorrido que va desde el uso ocasional hasta la dependencia.
Allí es donde la prevención, la educación y la sensibilización resultan verdaderamente eficaces.
Sin embargo, seguiremos obteniendo resultados limitados mientras no cuestionemos el modelo social que produce permanentemente nuevas formas de dependencia.
No alcanza con rescatar personas del río.
También debemos preguntarnos quién las sigue empujando al agua.
Si la política es el arte de lo posible, entonces ampliar cada día ese horizonte de posibilidades debería ser una responsabilidad colectiva.
Necesitamos un debate serio, libre de hipocresías, simplificaciones y demonizaciones.
Un debate que deje de enfrentar oficialismo y oposición para construir políticas de Estado.
Porque la adicción no habla solamente de drogas.
Habla de una enfermedad física, psíquica, social y espiritual.
Y también habla, inevitablemente, de la sociedad que hemos construido.
