Liminalidad. ¿Sabés de qué se trata?
La primera vez que escuché pronunciar esa palabra, hubo algo que no me pasó desapercibido: intuía que detrás de ella había algo de luz que podía aportarme.
Después sentí curiosidad por conocer su significado.
Y me sorprendió.
Era demasiado cercana a mí.
Se trataba de un concepto que, sin saberlo, vengo trabajando desde hace más de diez años, pero que pone nombre a una dimensión mucho más amplia: una idea que atraviesa desde rituales primitivos estudiados a comienzos del siglo XX hasta espacios que se hicieron virales en Internet más de cien años después.
La liminalidad se asocia directamente con el modo Encontradores de describir la
experiencia del Mientras Tanto.

Algo más que una palabra difícil
La liminalidad
La liminalidad proviene del latín limen, que significa "umbral".
Describe la experiencia de estar en un estado de transición, en un espacio intermedio donde ya no se pertenece a la realidad anterior, pero tampoco se ha alcanzado todavía la nueva.
Es una zona de pasaje que se resiste a la mirada de continuidad.
Una puerta de entrada a una zona de ambigüedad, en la que algo deja de ser lo que era para, potencialmente, transformarse en otra cosa.
En 1909, el etnólogo francés Arnold Van Gennep introdujo el término al analizar los llamados ritos de paso: aquellos momentos en los que una persona atraviesa una transformación dentro de su comunidad, como el nacimiento, el paso a la adultez o el matrimonio.
Van Gennep los dividió en tres fases:
- la fase de separación, en la que se abandona la condición anterior;
- la fase del margen, o fase liminal, en la que se permanece entre una condición y otra;
- la fase de agregación, en la que se ingresa a una nueva condición y se restablece un nuevo equilibrio.
La fase liminal es, quizás, la más compleja.
Es el momento en que se ha abandonado una condición conocida, pero todavía no se ha llegado a la siguiente.
Estamos, literalmente, entre dos mundos.
En 1969, Victor Turner retomó y amplió el concepto de liminalidad, poniendo el foco en la experiencia de las personas que atraviesan esos procesos de transición.
Y encontró algo especialmente interesante: en ese estado
pueden disolverse, temporalmente, algunas de las jerarquías habituales y
aparecer una experiencia de igualdad y pertenencia entre quienes atraviesan una
transición similar, a la que denominó communitas.
Una mirada desde la filosofía
La idea de liminalidad también dialoga con distintas miradas filosóficas.
Por un lado, cuestiona las identidades fijas y la lógica binaria de ser A o ser B.
Introduce una tercera posibilidad:
todavía no ser ninguna de las dos cosas.
También puede relacionarse con la idea de los no-lugares desarrollada por Marc Augé: espacios anónimos de tránsito, como aeropuertos, autopistas o estaciones, donde permanecemos temporalmente sin pertenecer del todo a ellos.
Y hay algo más.
El umbral también puede ser pensado como un espacio de libertad: cuando las estructuras habituales se suspenden, aparece la necesidad de decidir qué hacer con lo que todavía no está definido.
La liminalidad en nuestra vida
En la vida cotidiana atravesamos muchos momentos liminales.
Un embarazo.
El paso de una etapa de escolarización a otra.
La adolescencia.
Una separación.
Una mudanza.
El nacimiento de un hijo.
La jubilación.
El paso del tiempo.
Una enfermedad.
La muerte de alguien querido.
Todos ellos tienen algo en común: durante un tiempo, ya no somos exactamente quienes éramos, pero todavía no sabemos quiénes seremos.
Y eso puede generar desorientación, miedo, ansiedad o la
sensación de estar perdidos.
Tal vez por eso intentamos salir rápidamente de esos estados.
Queremos volver a tener certezas.
Queremos saber qué sigue.
Queremos llegar al otro lado.
Los espacios liminales
En un sentido más concreto, también llamamos espacios liminales a aquellos lugares físicos que están hechos para atravesarlos.
Salas de espera.
Aeropuertos.
Estacionamientos.
Pasillos vacíos de un hotel.
Escaleras.
Son lugares en los que estamos, pero no para quedarnos.
Estamos ahí porque vamos hacia otro lugar.
Y, curiosamente, también existen espacios liminales virtuales.
En Internet comenzó a circular una estética basada en lugares vacíos, abandonados o de transición: pasillos, parques infantiles, casas vacías, hoteles sin personas.
Son espacios familiares, pero despojados de aquello que les daba sentido.
Y quizás por eso producen esa sensación extraña de nostalgia, inquietud o desconcierto.
Un lugar conocido que, de repente, parece otro.
Habitar el no lugar
En mi cotidianeidad, aun sin saberlo, siempre hice referencia a la liminalidad cuando hablaba de la importancia de habitar ese espacio que naturalmente queremos evitar.
Ese lugar en el que todavía no sabemos.
Ese momento en el que algo terminó, pero lo nuevo todavía no apareció.
Ese territorio incómodo que tantas veces intentamos atravesar lo más rápido posible.
En distintos momentos de mi recorrido profesional y personal me encontré con ideas que dialogaban con esto.
Por ejemplo, cuando trabajaba sobre Carl Jung y su proceso de individuación, aparecía también la idea de atravesar una crisis en la que la estructura conocida del yo puede ponerse en cuestión antes de integrar algo nuevo.
No es casual que muchas transformaciones importantes de nuestra vida comiencen precisamente ahí:
cuando lo conocido deja de alcanzarnos.
Mi "Todavía NO"
Sé que las palabras que contienen un no tienen mala prensa.
Yo misma me sorprendo intentando desterrar el no de mi
vocabulario.
Sin embargo, en esta dupla se juega mucho de la posibilidad.
Porque si pensamos en la frustración —esa experiencia que difícilmente no aparezca en nuestra vida—, agregarle la palabra todavía puede cambiar radicalmente la perspectiva.
Todavía no.
No sé a quién se la robé. Sólo Dios sabrá.
Pero fue una expresión que me rescató en momentos muy oscuros y me permitió encontrar una forma de esperanza para habitar la incertidumbre.
Fue entonces cuando identifiqué un territorio que llamé El Mientras Tanto:
un espacio para habitar cuando todavía no sabemos qué sigue, cuando la incertidumbre protagoniza la escena.
No voy a negar que aparecieron momentos de miedo,
frustración, ansiedad o esa sensación de estar perdida.
Pero encontraba rápidamente en el todavía no un
impulso para no caer.
Sin darme cuenta, ni saber exactamente cómo ni cuándo, me
amigué con la frustración.
Y aprendí que muchas veces podemos hacer algo diferente:
entrar en su territorio y recorrerlo.
Detenernos.
Hacernos preguntas.
Explorar posibilidades.
Encontrarnos con otros.
Descubrir caminos que quizás todavía no podíamos ver.
Y fue precisamente en ese cruce donde descubrí algo que, con el tiempo, se volvió central para mí:
la liminalidad no es un vacío pasivo.
No es simplemente un paréntesis.
No es tiempo perdido.
Es un espacio de potencial.
Estar en el umbral significa habitar ese momento previo en el que nada está completamente definido y, justamente por eso, todavía hay posibilidades.
En el Mientras Tanto, la incertidumbre puede dejar de ser solamente una amenaza para convertirse en materia prima.
Es el terreno donde aparecen preguntas más honestas.
Donde podemos probar.
Mirar de otra manera.
Encontrarnos con algo inesperado.
Reinventarnos.
Quizás de eso se trate habitar la liminalidad:
no de esperar a que pase la tormenta para volver a caminar,
sino de descubrir que el propio umbral también es parte
del camino.
Porque cuando dejamos de vivir la incertidumbre solamente como algo que tenemos que superar, puede convertirse en un espacio para mirar de otra manera, probar, descubrir y comenzar a construir lo que sigue.
La liminalidad es mucho más que un lugar de espera.
Es un lugar de posibilidades.
