Los sonidos del silencio

En el principio, el silencio. O, mejor dicho, los silencios.
Quienes los habitan —sea porque los buscaron o porque se encontraron con ellos— conocen el universo que proponen.

Yo aprendí de ellos muy tarde.
Durante mucho tiempo les tuve miedo. No podía soportarlos. Me llené de palabras y de sonidos para evitar la simple posibilidad de escucharlos.
Con el tiempo descubrí que los silencios invierten la lógica dominante.

La escucha se opone al habla.
La quietud al bullicio.
La contemplación al razonamiento.
La pausa al hacer.
La lentitud a la velocidad.

Hay tantos silencios que sería imposible nombrarlos todos. Sólo me animo a hablar de aquellos que alguna vez conocí.

Los inquietantes.
Los absurdos.
Los ensordecedores.
Los dominantes.
Los coloridos.
Los sugerentes.
Los creativos.
Los nostálgicos.
Los soñadores.

Si la formalidad no me diera un poco de pereza, escribiría un manifiesto en defensa del silencio.

Comenzaría cuestionando al diccionario, que insiste en definirlo por lo que le falta: ausencia de palabras, ausencia de ruido, ausencia de acción. Como si el silencio fuera una carencia y no un lenguaje.
Después protestaría por el irrespetuoso "minuto de silencio", reducido a una formalidad que casi nadie habita.
Y terminaría proponiendo una fiesta del silencio. Un día al año para recordarnos que también existe otra manera de conversar.

Con ustedes, el silencio

Los silencios forman parte del lenguaje.
Son palabras todavía no dichas.
Por eso no son simplemente una ausencia, sino una presencia cotidiana.

Conviene distinguirlos del callar. Callar pertenece al hablante; es la decisión voluntaria de no hablar

En toda comunicación humana son protagonistas invisibles. Gracias a ellos podemos escuchar, prestar atención, comprender, reflexionar y también expresar aquello que ninguna palabra alcanzaría a decir.

Cuando el silencio habla, es porque se hace un lugar en medio del sonido
Él puede iniciar una conversación, sostenerla o darle un final.
A veces, un buen silencio expresa mejor un desacuerdo que el discurso más elaborado.

Los silencios también crean el espacio donde el encuentro se vuelve posible.

Con uno mismo.
Con los otros.
Y, para quienes lo creen, también con Dios.

Sin silencio, corremos el riesgo de escuchar únicamente el eco de nuestras propias proyecciones.

En psicoterapia, donde la escucha ocupa el centro de la escena, el silencio está lleno de significado.

  • El silencio del terapeuta invita al otro a hablar, a escucharse y a descubrir aquello que ni siquiera sabía que estaba diciendo.
  • Y los silencios del paciente también hablan. Se acompañan, se interrumpen, se interpretan. porque, muchas veces, dicen tanto como las palabras.

Hacer silencio es un don que algunas personas parecen traer desde el nacimiento, pero también es una capacidad que puede aprenderse.
 

Tiempo de hacer silencio

Vivimos en sociedades sometidas a la tiranía de la productividad. Por eso los silencios incomodan.

Solemos asociarlos con el vacío, la pérdida de tiempo, la inactividad o incluso la muerte. 
El sociólogo Hartmut Rosa sostiene que la aceleración permanente ha creado una desproporción entre la velocidad del mundo y el tiempo humano disponible para habitarlo.

Quizá por eso les tememos.
Huimos de ellos.
Y hacemos casi cualquier cosa para no experimentarlos.

Las pequeñas pausas de la vida cotidiana —esperar el colectivo, hacer una fila, caminar sin destino— fueron colonizadas por las pantallas.
El teléfono celular se convirtió en un eficaz tapón del tiempo.
Paradójicamente, el silencio activa aquello que más necesitamos recuperar: la introspección, la elaboración emocional y el contacto con nuestra propia historia.

Los griegos distinguían dos formas del tiempo.

  • Cronos, el tiempo que puede medirse, organizarse y administrarse.
  • Y Kairós, el tiempo oportuno, el instante pleno, el momento que transforma.

El silencio pertenece a este último.

Por eso guardar silencio se vuelve hoy un acto profundamente revolucionario.
Es una forma de resistirse a la obligación permanente de producir, consumir u opinar.
Militar a favor del silencio puede ser, quizás, una de las armas más potentes de la rebeldía.

La sabiduría del silencio

Todas las tradiciones espirituales conocen el valor del silencio.
Yo sólo puedo hablar desde aquella que habito.

En las Escrituras, el silencio nunca representa la nada.

Es el lugar donde Dios habla y donde el ser humano descubre el misterio de sus propios límites.

Siempre me conmueve el episodio del profeta Elías.
Primero llega el viento.
Después el terremoto.
Luego el fuego.
Pero Dios no estaba allí.
Finalmente aparece "el rumor de un silencio suave".
Y allí, recién allí, Elías reconoce su presencia.

Muchos textos bíblicos invitan simplemente a callar.
No porque Dios necesite silencio.
Sino porque nosotros lo necesitamos para poder escucharlo.

El Eclesiastés recuerda que existe "un tiempo de callar y un tiempo de hablar".
Los Proverbios presentan el silencio como una forma de prudencia.

Y el llamado "silencio de Dios", lejos de expresar una ausencia, suele invitarnos a una escucha distinta, que ya no depende de la razón ni de los sentidos.

Dios permanece.
Quienes ensordecimos somos nosotros.

Hacer silencio

Durante muchos años les tuve miedo a los silencios.
Hoy sospecho exactamente lo contrario.

El vacío nunca estuvo en ellos.
El vacío era mío, intentando llenarlo todo con palabras.
Los silencios siempre estuvieron habitados.

Hubo un día en que, por primera vez, me animé a permanecer en uno de ellos.
Entonces descubrí algo inesperado.
El silencio no siempre tiene voz.
En ocasiones, simplemente nos devuelve la nuestra.

Tal vez por eso Dios eligió un susurro para hablar con Elías.
No porque el silencio diga cosas.
Sino porque hay una identidad que sólo puede pronunciarse cuando finalmente dejamos de hacer ruido.

Desde entonces ya no intento escapar de los silencios.
Cuando llegan, procuro habitarlos.
Porque sospecho que, muchas veces,
el silencio no es la ausencia de una respuesta.
Es el lugar donde, por fin, comenzamos a escucharla.


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