La caja turca

Atrás quedaba Tigre.
—Lo pasado, quemado —dice Roxana en voz baja, satisfecha por haber cumplido una tarea maravillosa.
Mira por la ventanilla hacia el cielo y le agradece a Dios la fogata de la noche anterior en el fondo de su casa: el cierre perfecto de una etapa que había decidido dejar atrás.
Sonríe.
Se recuesta sobre el asiento contiguo, aprovechando el boleto adicional que pagó para llevar su caja turca como único acompañante. Estira los brazos, acomoda su escote y disfruta sabiéndose el centro de atención de varias miradas masculinas.
No necesita mirarlos directamente para saber que están ahí. Los hombres creen disimular cuando observan a una mujer, pero ella aprendió hace años a reconocer el peso exacto de una mirada sobre su cuerpo.
Elige tres al azar y las observa con minuciosidad antes de registrarlas en su libreta de bolsillo. Apenas dos palabras bastan para capturarlas.
Siempre fue así. Dos palabras justas para describir una mirada antes de que desaparezca para siempre.
—Colorado cincuentón.
—Pendejo desorientado.
—Canoso pajero.
Escribe con la fibra que le regaló Esteban.
Su Esteban.
Cuántos recuerdos.
La madrugada en que lo conoció no encontró esas dos palabras capaces de resumir su mirada. Se lo dijo y le pidió ayuda.
—Enamorado desconocido —se bautizó él, divertido por el juego.
La diversión se transformó pronto en incomodidad cuando descubrió que formaba parte de una lista interminable y ocupaba el número de orden mil trescientos tres. No se animó a decírselo, pero sí a preguntarle por qué hacía eso.
—Porque te gusta —contestó ella, convencida de que esa respuesta terminaría enamorándolo para siempre.
Hoy se cumple exactamente un año y ocho días de aquel encuentro.
Fue una madrugada de abril, en una parada de colectivos en Olivos. Él se paralizó cuando la vio acercarse por el puente que cruza la Panamericana. Era imposible resistirse a su minifalda —dos talles menos— y a esas botas altísimas que hacían interminables sus piernas.
—No me digas que te asusto. Sos tan lindo para tenerme miedo —le susurró al oído mientras lo arrinconaba contra la pared.
—El miedo siempre gana la partida —agregó riéndose, consciente del impacto de sus palabras.
Sabía que eran irresistibles.
Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, Roxana tuvo la certeza de que ese hombre cambiaría su vida para siempre.
—Si mi cuerpo te regala esta noche, ¿vos qué le das a cambio? —preguntó riendo.
Él la besó con suavidad mientras deslizaba un billete en su escote.
Roxana lo tomó, lo cortó en varios pedazos y los dejó caer al suelo. Luego los pisó con fuerza.
Necesitaba dejar claro quién definía las reglas del juego.
—No entendés nada —susurró, clavando sus ojos negros en los ojos más transparentes que había visto en su vida—. Regalame esa mirada. La mirada de Dios. Con eso basta.
La discusión de dos mujeres en el asiento trasero la sobresalta.
Cuenta hasta diez, aprieta los puños y, ya más calma, les pide que no la molesten.
Esteban nunca la molestó.
Lo imagina esperándola, releyendo las cartas que le envió durante los cuarenta y seis días que estuvieron juntos. Desde la separación ella no volvió a escribirle, aun sabiendo cuántas cosas importantes tenía para contarle.
¿Qué pensaría ahora si la encontrase tan moderada?
¿La cambiaría por su actual mujer?
¿Por esa flaca orejuda, menos hembra que la Pantera Rosa?
Así la sentenció el día que la vio asomada en el primer piso de la casa donde vivían.
¿Quién podría animarse a poner en duda su relación con Esteban? Era evidente que estaban destinados el uno al otro mucho antes de que esa mujer apareciera.
—Paciencia y prudencia —le repetía él.
—Paciencia y prudencia —repetía ella, burlándose de lo que él llamaba desborde y ella espontaneidad.
No recuerda demasiado de lo que compartieron juntos. Es raro. Si intentara reconstruir aquellos días, apenas podría nombrar algunos detalles: desayunos apurados, salidas nocturnas, caminatas sin rumbo, alguna música de fondo.
Pero los momentos precisos se diluyen.
Entonces su única preocupación era encontrar una excusa, de hecho más que cierta, para retenerlo una vez más en su cama.
"Intentaron robarme".
"Murió mi única abuela, la persona que más amé en mi vida".
"Tengo fiebre".
"Estoy aburrida".
"Estoy aprendiendo recetas de cocina china".
Pero nada parecía suficiente.
Su imaginación tenía un límite. No alcanzaba con mirar cuanta película romántica encontrara para descubrir cómo retenerlo.
Sólo la posibilidad de darle un hijo podía hacerlo suyo para siempre.
Finalmente el análisis dio positivo.
—Dios siempre jugó en mi equipo —piensa recordando ese día—. Hoy Esteban sabrá la verdad.
Busca en su libreta el ticket del bar donde él la abandonó justo cuando estaba a punto de contarle del embarazo. Terminaba en siete. Nada podía salir mal.
Cuánto esfuerzo puso Esteban en decirle que no estaba preparado para formalizar una relación tan pronto.
Cuánto esfuerzo inútil.
Ella ya sabía que había otra.
—Ojalá tenga algo mejor que yo para darte —le dijo cuando descubrió su mentira—. Vamos a volver a hablar.
Y salió corriendo antes de que la viera llorar.
Dejó pasar tres días para llamarlo.
Lo buscó en todos los lugares conocidos, pero le fue imposible dar con él. Cuando, seguramente confundido, lograba atenderla por teléfono, cortaba enseguida.
Ella sabía bien que él tenía pánico a extrañarla. Tenía que distraerse con otra cosa.
Un jueves por la noche se puso un vestido negro, recogió su cabello y salió a encontrarlo.
Compró caramelos de licor para guardarlos en su preciada caja turca, un regalo de Esteban junto con una libreta con una fibra azul y la única foto que se habían tomado juntos.
En la plaza compró también un ramo de violetas.
La sorprendida fue ella.
Esteban la recibió en la vereda. No quiso besarla. Miraba siempre hacia el suelo mientras le pedía —primero con súplica y luego con enojo— que lo dejara en paz.
Le gritó que estaba casado.
Tenía un hijo de tres años.
Hasta ahí escuchó Roxana.
La oscuridad lo cubrió todo.
Ese hijo que llevaba en su vientre había dejado de ser un puente entre ellos.
Se alejó sin decir palabra.
La mirada que tanto amaba perdía brillo en cada segundo.
Pronto sería igual a la del resto de los hombres.
Esa decadencia era insoportable.
Volvió a su casa y se duchó durante largo rato. Necesitaba recuperar la fe.
Dios no podía abandonarla.
Sólo tenía que esperar la señal.
A la mañana siguiente salió de compras.
Seis vestidos anchos y descoloridos, como los de su abuela.
Un par de botas de goma.
Una peluca entrecana.
Disfrazada de linyera se instaló en la plaza frente a la casa de Esteban.
Era el lugar perfecto, casi como si hubiera sido preparado para ella.
Tenía todo lo necesario para una vida silenciosa y desapercibida: baños públicos donde podía cambiarse sin llamar la atención, una glorieta amplia con techo de chapa que la protegía de la lluvia y del sol del mediodía, y una rampa de cemento oculta detrás de un cantero desde donde podía observar la vereda de Esteban sin que nadie la viera.
Con el paso de los días comprendió algo más: los invisibles rara vez llaman la atención.
Los vecinos cruzaban la plaza todos los días. Algunos incluso se sentaban a pocos metros de ella. Ninguno parecía advertir su presencia.
Siete meses se instaló en ese lugar.
Siete meses observó el ritual de cada mañana.
Memorizó cada uno de sus movimientos con una precisión que ni él mismo debía conocer.
Cada mañana, exactamente a las 8:30, aparecía por la puerta de la cochera. Cerraba con llave mientras miraba la ventana del primer piso —que desde las 7:30 se veía iluminada— y caminaba directo a su auto, estacionado en la vereda de enfrente.
Regresaba entre las siete y las nueve de la noche, siempre por la misma vereda. Algunas veces con bolsas de compras, otras con ropa deportiva, y en pocas ocasiones acompañado por su esposa o su hijo.
También lo vio volver solo de madrugada, muchas más veces de las que hubiese imaginado, con la ropa desalineada y la sonrisa triunfante de quien cree haber cumplido con su destino en la tierra.
Los fines de semana la rutina cambiaba.
Casi siempre lo veía salir en un auto azul junto a su familia, riendo de un modo tal que, incluso desde su lugar, podía escucharlo.
Siete meses trató, en medio de tanto caos, de que él no notara su presencia y poder al menos ver su mirada.
Rogaba a Dios y a todos los santos que mantuviera para siempre ese brillo.
Siete meses decodificando cualquier gesto, cualquier movimiento especial que le avisara que el tiempo se había cumplido.
Contra toda frustración permaneció allí.
Hasta que la señal llegó.
Fue un Miércoles de Ceniza.
Por primera vez fue a una misa. De pronto, cuando ya casi estaba por terminar, sintió un dolor profundo en el pecho y comenzó a desorientarse.
Lo último que visualizó fue ser parte de una fila frente al altar, con el murmullo de la gente a su alrededor y el incienso espesando el aire. El sacerdote avanzaba lentamente, uno por uno, hasta que llegó a ella y trazó una cruz en su frente.
—Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.
Cuando abrió los ojos estaba en una cama de hospital.
Se sintió mareada, como si hubiese despertado en un cuerpo ajeno. Un olor agrio dominaba el ambiente.
Levantó la cabeza y vio a una enfermera a los pies de la cama.
—Bienvenida, mami… mirá, soy tu niñito —le dijo mientras le acercaba un bebé precioso, bordó de tanto llorar.
—¡Hacé callar a ese crío! —gritó Roxana tapándose los oídos—. ¿No te das cuenta de que nos va a matar?
La enfermera salió corriendo con el bebé en brazos.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Roxana comenzó a rezar y poco a poco recuperó la calma.
Cuando llegaron otras personas del hospital ya estaba en su eje. Se disculpó diciendo que había tenido una horrible pesadilla y se había asustado.
Comentó que no recordaba nada después de su desmayo en la iglesia y pidió, de todos los modos posibles, que se disculparan con la enfermera.
Con una sonrisa irónica agregó que no la dejaran dormir tanto la próxima vez.
Al día siguiente le acercaron al bebé.
Se ocupó de ser lo más amorosa posible con ese chico que sólo sabía llorar y aturdirla con un grito agudo insoportable.
Juntó fuerzas de donde pudo y logró que a la semana siguiente le dieran el alta.
Se sentía feliz.
Había podido sobrellevar ese momento.
Sintió un gran alivio al comprobar que tenía con ella la llave de la casa de Tigre, la que había heredado de sus padres, a pocos kilómetros de la estación.
Allí cumpliría su misión.
Hacía tiempo que la casa estaba deshabitada, pero seguía prolija y habitable.
Se aseguró de que nadie la viera entrar.
No iba a demorarse demasiado.
Cuando anocheció encendió una fogata en el fondo del terreno, donde no había casas linderas.
Esperó hasta la medianoche.
Despertó al bebé, lo envolvió en la manta y lo arrojó al fuego.
Los gritos se apagaron lentamente.
El silencio regresó trayendo la ansiada paz.
Entonces encendió tres velas rojas, abrió la Biblia y agradeció a Dios.
—Siempre jugaste de mi lado.
Se escuchan murmullos. Alguien confirma que llegaron a la estación de Córdoba.
Roxana respira profundo y toma un trago de vodka para celebrar el reencuentro.
Atraviesa la plaza que tantas veces la vio llorar acariciando su panza.
El lugar donde pasó siete meses esperando que Dios hablara.
Sólo la avenida la separa del departamento de Esteban.
En un par de minutos se reencontrará frente a frente con su mirada.
Esta vez no necesita comprar violetas ni caramelos de licor para sorprenderlo.
Sonríe.
—Hola, amor —dirá—. Hoy me toca hablar a mí.
—Te presento a nuestro hijo. Viajé con él en mi cajita turca.
—¿Te acordás? Me la regalaste el fin de semana que fuimos a Villa María. Por primera vez tengo algo valioso para guardar en ella.
—La cuidé mucho. Se la ve más hermosa que entonces, ¿no? A él también le gustó. Al menos no se quejó cuando lo acomodé junto a nuestra foto.
—Te lo dije al conocernos: Dios siempre jugó de mi lado.
—¿Ves?
—Ahora, gracias a nuestro hijo… también juega del tuyo.
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